sábado, 21 de octubre de 2017

¡Migueeeeel volvé!



No recuerdo en qué mes fue exactamente, pero me acuerdo de la cancha recién inaugurada y del corazón alegre, por el primero de los encuentros  del campeonato barrial “La fraternidad”, entre “Los pibes azulgrana” y “Los boquenses de la estación”.  Se disputó a las tres de la tarde y el equipo azulgrana ganó por tres goles a cero. Yo  estaba feliz porque uno de los goles lo hizo mi hermano mayor ,y además porque sabía que los festejos con los buñuelos de manzana y la torta rellena con dulce de leche, durarían hasta el atardecer. Y eso de estar al aire libre y jugar con las hermanas de los jugadores de los otros equipos era un buen plan. Pero esa tarde, los padres de los chicos habían decidido jugar un amistoso después de los  partidos programados. Así fue como la cancha se vio rodeada de al menos treinta chicos que hinchaban  por un equipo u otro. Ahí comprendí que los “amistosos” de futbol son tan competitivos como cualquier otro partido del campeonato, el futbol es jugar para hacer goles y ganar, y aunque yo ya conocía lo que significaba hacer un caño o una pared , esperaba los goles y si alguno lo hacía mi papá, mucho mejor.
Martita y yo nos sentamos al costado de la cancha, en el césped, junto a mis muñecas porristas y las de ella, que si bien eran invitadas, aprendieron la coreografía muy rápido y ni siquiera se notó que eran amateurs. Las mías eran profesionales, porque llevaban más de veinte partidos amenizando los entretiempos, así y todo, yo trataba de que todas las muñecas tuvieran un lindo lugar. Estábamos en esa tarea de ensayar los movimientos de brazos y piernas para el partido de los mayores, cuando se acercó Miguel, el padre del colorado, con su sonrisa bonachona y sus manos extendidas. Todos lo conocíamos por su buen humor y porque siempre llevaba caramelos a la cancha para compartir : “los media hora” que eran muy duros y duraban como una hora dentro de la boca,   y los rellenos con miel, que eran los que más me gustaban. Nos dejó una bolsita con caramelos y nos dijo: “ que les dure  todo el partido porque no hay más”. Los contamos y nos repartimos por partes iguales. Estábamos en ese momento dulce , cuando vimos que Giménez, el padre de Estebita, y mi papá, José Pierluggi, comenzaron a elegir los jugadores hasta completar los once de cada equipo. Todos felices y contentos, menos Miguel . Nadie lo había elegido, se comentaba por lo bajo que era muy “pata dura”, pero le dijeron que en el segundo tiempo entraba a jugar. Así fue como se sentó junto a nosotras esperando el recambio. El primer tiempo fue muy parejo y terminó cero a cero. Miguel, en el entretiempo, se puso a calentar y corría a la par de los perros del aguatero González, en busca de la pelota. El árbitro pitó para dar inicio al segundo tiempo, y vaya sorpresa que nos llevamos cuando lo vimos a Miguel otra vez sentado junto a nosotras. No habría pasado ni cinco minutos cuando se alzó para gritar” Che cuando entro yo?” y tanto mi papá como Giménez, se hicieron los que no escuchaban.   Le vimos la cara de fastidio . Nos dio pena, no es justo no cumplir la palabra.  A pesar del mal momento, Miguel fue hasta su automóvil, un Valiant III color beige, impecable y luego de estar unos minutos nos trajo un puñado de caramelos más. Los puso al costado de las muñecas y guiñándonos un ojo, agregó: “ ahora si, no tengo más”. Ese día, su hijo, el “colorado”, no había ido porque seguía en cama a causa del sarampión y tampoco  su mamá que se quedó a cuidarlo, quizá por esa razón  Martita y yo fuimos las privilegiadas.
Habíamos ya finalizado de comer los caramelos y después de reiteradas veces en que Miguel había pedido entrar a jugar, vimos un revuelo bárbaro y Miguel corriendo al centro de la cancha, y a toda carrera meterse en el Valiant que aceleró cubriéndonos de polvo y los jugadores corriendo tras el coche gritando: “ Miguelllllllllllll, Miguelllll volvé”, hasta que se perdió tras la polvareda. Y todo fue tristeza y el partido se suspendió hasta nuevo aviso. Miguel se había cansado de esperar el recambio y todos habían olvidado que era el dueño de la pelota…



miércoles, 18 de octubre de 2017

Noche apagada para las más (caras)



Todas las máscaras
se fertilizan
con el vacío
que dejan
los indiferentes,
mas, no será vana
la hora
del cielo
ni el río
Aqueronte
en su ironía
más sincera
cuando de repente
no exista barquero
que cruce
a las sombras
cuando se apaguen

las estrellas.

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Querés un mate?

¿Querés un mate?
Estábamos varias mujeres en el punto de la encrucijada, ese instante que demora el otoño por fuera con un poco de magia y rejuvenecedoras cremas y de pronto surgió el deseo que fue unánime: ¿Y si nos tomamos unos mates? Y el termo y el agua a punto y las palabras risueñas y las manos que saben de caminos de ida y vuelta. Me tocó el segundo y esperé turno, complacida por el momento. Y las palabras se volvieron bombilla, y la yerba mate, un mar verde de amigable cielo. Y todo cambió de aspecto: el rayo de sol que entraba por el ventanal se instaló en el alma de los que sabemos del valor de tomar un mate, en rueda. Un mate amargo, dulce o con edulcorante, con sabor a limón, naranja, o solo yerba, pero más allá de esas diferencias nos hermana, nos abarca y nos contiene, sin más razón que por el hecho de compartir, porque así lo manda la costumbre de ser fraternos: en las buenas, en las malas, en las alegrías, en las tristezas, en el día o en la noche, en el trabajo, en los etcétera. Y me sentí agradecida, porque compartir un mate es una muestra de cariño que forma parte de nuestro acervo cultural, una costumbre antigua y genuina, que no perdimos para el encuentro. Y para cuando quise acordar, estaba en otro punto geográfico, con otras manos extendiendo un mate a micrófono abierto. Cosas simples que nos pertenecen...

lunes, 2 de octubre de 2017

Juanita Correa


No sé por cuál razón, a veces, las palabras son laberintos , pero siempre conducen a algún sitio. Y los sitios tienen la particularidad de ser vistos a la medida de quien los mira.
Un día estando en el mar, siendo yo niña, me puse cerca de la orilla a construir un castillo de arena. Me gustaba la cercanía del agua, igual que ahora, tal vez porque el oleaje cuando se diluye, absorbido por la playa, de algún modo se transforma. Y transformarse no es poca cosa.
Estaba en pleno juego de construcción cuando apareció Juanita Correa: mi vecina de la cuadra. Se acercó curiosa y le presté mi tiempo, le regalé una palita hecha de con una botella plástica , y aunque ella tenía una pala más grande y colorida, se puso muy contenta. Con el tiempo supe que no quería ensuciar la suya con arena mojada. Transcurrió la tarde  entre  pasadizos secretos de arena húmeda, torres con forma de baldecito de algún reinado desconocido, y laberintos hechos con conchillas. El problema surgió cuando la marea comenzó a subir y fue entonces cuando conocí un nuevo laberinto: el de Juanita. Ella  lloraba  sin parar porque el agua se comía de a mordiscos el castillo que había construido, y aunque la animé para hacer otro sobre un médano, se negó.
Cada verano  cuando nos volvíamos a encontrar en la playa , se acercaba a jugar con mi castillo de arena, pero nunca más volvió a hacer uno propio, tenía miedo que una ola se lo rompiese. Por supuesto que nunca lloró por mi castillo, que invariablemente, cada tarde  era desintegrado por completo. Un día le pregunté si no le daba pena que el agua invadiese mi laberinto creado con palitos de helado, y Juanita , riendo, me respondió que mi castillo era demasiado feo como para llorar .Y más allá de que quizá tenía razón, porque la belleza y la fealdad están cargadas de sentires y subjetividades, supe que Juanita me había mostrado una nueva calle de su propio laberinto.  
Antes de que la marea arrasase con mi construcción de arena, miré el laberinto con forma de cerebro que había dentro del castillo. Tenía encrucijadas y cierto grado de complejidad para salir de él, así que le propuse a Juanita  que buscase la salida y como respuesta miró hacia el mar en busca del agua salvadora. Desde que el mundo es mundo, es más fácil romper que construir.
Ahora después de cinco décadas, la volví a ver a Juanita Correa, aferrada a su trabajo de divulgadora , atada a sus castillos caducos , lejos del agua que todo transforma, pero aún, muy cerca de su egoísmo.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Claroscuros


La pena imperante que sobresalta la Tierra o el desplome de la Tierra causando la pena. La  esperanza que no basta para resucitar las canciones que bebe la muerte. Se multiplican las manos cuando suena el suelo, o cuando envilecido se aproxima el océano  y se dividen las lágrimas entre las almas caducas para amortiguar el llanto que cae, tristemente. Y miro la lluvia y su afligido acento: las calles mojadas, los rostros cimbreantes, el ánimo perplejo. Y no dejo de pensar en  las pupilas de la vida con sus claroscuros en espejo.


Poesias leídas en escuela pública

Las poesias leídas hoy en la Escuela pública donde asisten mis nietos: una es del libro Sol de otoño/Sole d`autunno (2010) y otra es del libro Palabras/Parole (2009) Las comparto.
VIRTUDES Y HARAPOS
Cuando la luna
aguada
y serena
se instala
en la esquina
del altanero pueblo
un hombre
harapiento
lee las estrellas.
Sus pupilas
dilatadas
trocan
semillas
por deformes espejos.
Ni es jóven ni es viejo
y con sus manos
delinea
historias de chacales
y de amores ajenos.
Y nadie lo escucha.
es todo silencio
sin embargo él
danza con el firmamento.
Y su paso no existe
su sueño se ha muerto
mas el hombre virtuoso
con su voz quebrada
le canta a ninguno
acurrucado y solo
en la espalda del tiempo.
Y la luna se apaga
cerrando la noche
de todo mi pueblo.
Siento en mi corazón
un feroz aguacero:
un pájaro herido
ha sangrado en mi sueño.
JAZMÍN BLANCO
Jazmín blanco.
Aroma exquisito
sensual, delicado.
Impregnada noche
de sutil embriago.
Tropelía femenina
esconde la mano
a la luz de la luna
lo arranca del tallo.
Queda solo el tallo
sin el jazmín blanco.
Frágil jazmín blanco
sensual, delicado
no alcanza el rocío
ni lluvia de campo
ni néctar prestado
que le devuelva
su encanto.
Se ha marchitado.
Al llegar el alba
el solitario tallo
agoniza de dolor
sin el jazmín blanco.
Tropelía femenina
esconde su mano
a la luz de la luna
robando encantos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Marianita Pierluggi

Marianita Pierluggi

Si  me preguntasen por aquel día de julio en la cancha Fraternidad en la que se jugó el primero de los mixtos, no tendría más remedio que mentir. Por eso de que lo que no se cuenta en su momento, no figura en la memoria de los hechos, y nadie me creería hoy día, si cambiase el curso de los acontecimientos. Como sea, escribir es un acto del inconsciente y no tienen porqué ser hechos fidedignos, o sí.
Estaba yo aquella tarde invernal, al costado de la cancha, la que daba a la fila de álamos, preparando mis muñecas porristas para el partido que comenzaría a las quince horas. Se consideraba que era un encuentro importante frente a los Sacachispas de la Estación, porque el ganador tendría chances de jugar el Campeonato barrial de las Sierras. Ese era un campeonato importante, porque el premio consistía en los botines para los ganadores. Y todos estaban entusiasmados con la idea de ganarlo, porque según decían, los botines eran mejor que las zapatillas, por el agarre, y aunque muchos de los padres de los pibes no estaban de acuerdo porque eran duros y ocasionaban cayos, ampollas  y otros peligros, igualmente todos querían ganarlo. 
Como les contaba, estaba yo en mis menesteres con las muñecas, previo al encuentro, cuando escuché un gran revuelo: corridas, gritos y un semicírculo alrededor de alguien que estaba tirado en el piso. Las piernas rígidas. Por las medias rayadas creí que era uno de mis hermanos, me asusté mucho, pero después me di cuenta que todos tenían las mismas medias. Me aproximé lo más que pude y vi que el Colorado Giménez estaba como muerto, que el aguatero llegó corriendo y le mojó la cara y que  abrió los ojos y se tocó la cabeza.. La madre lo abrazó y como se sentía mareado se lo llevó a la sala de primeros auxilios. Lo que había sucedido es que el equipo de mis hermanos estaba practicando hacer goles de cabeza  y el colorado Giménez no vio a Fernandito o viceversa, y ambos fueron a dividir una pelota aérea, y chocaron fuerte. Fernandito siempre fue medio cabeza dura  y aunque le dolió la testa , se recuperó enseguida.
Todo hubiese sido como otras veces, en que se reemplazaba a un jugador por otro, pero ese memorable día no había reemplazos. Una epidemia de sarampión los había dejado en cama a varios integrantes del equipo.  Yo siempre supe que las oportunidades llegan, y sólo hay que tener paciencia para esperarlas. Y ese día, tuve mi ocasión. El técnico, el padre de Julián, me miró fijo a los ojos para decirme:
                   —Marianita hoy te toca hacer de arquero.
No entiendo mucho de oportunidades, ni ahora ni antes, pero si sé que no hay que negarse a ellas.
                    — ¿Y qué hago con mis muñecas porristas? ——  pregunté consternada.                                            
—Las cuida Marta, la hermana de Fernandito. —dijo el técnico mientras me daba la camiseta del equipo.
Y esa tarde tuve tanta claridad que el arco se amoldó a la medida de mis deseos, y creáse o no, la pelota no pudo entrar. Al finalizar el partido, me llevaron en andas hasta el costado de la cancha para depositarme junto a mis muñecas porristas, y el resto del equipo dio la vuelta victoriosa  porque Fernandito anotó el gol de cabeza al minuto ochenta y nueve.

Como sea, lo único que me preocupó un poco es que en las anotaciones del plantel pusieron, arquero: Mariano Pierluggi y aunque pedí muchas veces que lo corrigiesen, hasta el día de hoy está mal escrito. Pero ya no me aflige, porque existe una niña dentro mío que persevera y aunque han pasado más de cincuenta años he aquí la oportunidad de resarcirme: equipo mixto, arquero Marianita Pierluggi, he dicho.