martes, 21 de marzo de 2017

Noventa y nueve años


No me gusta hablar en primera persona, después de todo, esta es una historia de muchos y yo solo fui testigo, pero bueno por esas cosas de que alguien tiene que relatar un trozo de historia, es que ando por aquí luchándole a la memoria.
Sucedió un día domingo, de esos domingos de pueblo chico, donde todo está por hacerse , pero hay pereza y es poco lo que se hace. Y entre esas cosas que sí se hacen, figura la visita a la estación de trenes , la vuelta al perro alrededor de la plaza principal y el fútbol.
“El fobal” como decía mi tío, “pasión de multitudes”.
Mi padre , riéndose, le respondía que de eso no hablara, porque él era un” pecho frío”. Y yo como era una niña no entendía demasiado de pasiones, ni de “fobal” y menos que menos de la jerga fubolera, pero parece que mi tío era famoso por eso de achicarse en las finales. En cambio mi viejo dejaba las piernas en la cancha y casi siempre nos volvíamos a casa con algún gol en la memoria, más que nada los de cabeza. Él era alto, altísimo. Y experto goleador en altura. Todos los chicos del barrio querían parecerse a mi viejo. A mí me gustaba hacer otras cosas: hamacarme hasta llegar a la Luna y también ir a la estación a esperar el tren. Era emocionante el pitido de llegada y el chucu chucu que empezaba a ser cada vez más lento y la gente que se alzaba de los bancos de madera esperando que el tren se detuviese.
Ese día de julio que recuerdo, hacía mucho frío y mi madre me puso los guantes de lana, el gorrito de piel, y el tapado de abrigo porque íbamos a ir a la estación a buscar al equipo de fútbol del pueblo vecino. Llegarían a las doce y mi padre siendo el capitán del equipo los iria a recibir para trasladarlos en la caja de la camioneta junto con dos o tres colaboradores que pondrían sus autos ,De la estación directo al club a prepararse para el clásico. Nosotros, los del pueblo chico, amábamos al Juventud Unida, y los del otro pueblito pertenecían al Atlético de no sé qué cosa. Los chicos del barrio me habían enseñado dos cantitos a escondidas para cantar en la cancha, pero como tenían malas palabras mi mamá me prohibió recordarlos, pero yo los recordaba igual. Uno decía ¡ Atleti compadre la c… de tu madre! Y el otro “ tenemos un arquero que es una maravilla ataja los penales sentado en una silla”.
Esa tarde de invierno, canté con fuerza el primero, sin que se notase demasiado la parte de las malas palabras. Si mal no recuerdo era partido revancha y en la próxima fecha seríamos visitantes, y de esos encuentros saldría el campeón regional. Había que ganar sí o sí. “ La camiseta se suda” decía mi viejo, “y el que se achica mejor que juegue a las bolitas”. Nadie quería jugar a las bolitas, ni yo . A mi me gustaba jugar a las muñecas y mientras le hacía peinados y vestiditos , oía todo lo que decían en casa:. “ Che patrona hacéte los buñuelos temprano” o “ Marta no dejés a la nena atrás del arco porque la pelota de cuero pesa, a ver si le dan un pelotazo y hay que rajar al hospital”. O “ Se juega por el honor: a todo o nada”.
Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron parejos. En el entretiempo el técnico nuestro parece que les lavó la cabeza, así dijo mi tío, y salieron a comerse la cancha. Mi viejo gambeteó como los mejores, y todos repetían : “ qué jugador el tano” . Hizo "paredes" con el loco Matute, varios tiros libres de alto pero la pelota no entró. Al minuto cuarenta y cuatro del segundo tiempo se escapó el delantero Gómez del equipo contrario y antes de llegar al área chica se tira ,espectacularmente. El árbitro, desde mitad de cancha, hace sonar el silbato: penal. Y juro que hasta el viento se detuvo. Y se hizo un gran silencio cuando mi viejo en dos zancadas estuvo frente al pelado Iriarte, y le discutió en la cara y no solo eso, todo el equipo lo rodeó, protestando. No había sido penal. Pero el árbitro, haciendo gala de su autoridad, hizo un vals de tarjetas rojas y echó a medio equipo.
El pelado Iriarte medía un metro cincuenta como mucho y mi papá casi dos metros, y vi cuando mi papa lo alzó en el aire y se lo puso en la falda y frente a todos los presentes, le dio tres palmadas en el trasero. Y el público invadió la cancha y todo terminó mal.
A mi padre lo suspendieron por noventa y nueve años, claro que le dieron por ganado el partido al Atletico. Pero pasiones son pasiones y no sé cómo, ni sé quién habló con quién, pero en el término de quince días o un mes, le perdonaron los noventa y nueve años de suspensión a mi viejo y locos de contentos viajamos al pueblo vecino para la revancha.
Después de estos sucesos, el pelado Iriarte hizo carrera como árbitro de básquet.
A pesar del bochorno de haber perdido por penales, todo el pueblo se sonríe pero hace “mutis” con el tema de los noventa y nueve años, complicidades de aquella època, porque si hay algo que nos une es el silencio de lo que pasó aquella tarde.

domingo, 19 de marzo de 2017

Ideas y latidos



En esta hora
de nostalgia
sobre el dorso
de las ideas
afilo
la palabra
y afilo
el pensamiento
y dejo mi latido
suspendido
en el aire
con el eco
de otros ecos.
¿Será que se fractura
el otoño
y los pétalos perdidos
recuerdan
viejos cuervos
o será que mi alma
transita
errante
para no matar
los sueños?


martes, 28 de febrero de 2017

Inocencia

Y recuerdo de la marea, su salobre, y de la cadencia, el zigzag del viento, y de la profundidad el mayor de los abismos, y del misterio la forma del asombro. Remembranzas de la mar y el alma. Las imágenes perfumadas de preguntas que a la orilla no traen respuestas. Y de pronto como si fuese esa gaviota lejana aspiro al vuelo y nada me intimida, ni siquiera esa inmensidad cargada de melodías que no comprendo, tal vez porque me gusta escribir versos de agua en el aire con inocencia.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Risueño ángel


Sobre el tapiz del alma , revolotea una hermosa voz que porta un par de alas blancas. Colibrí de los cielos antiguos, transparencia que hila las maravillas que muy dentro viven desde antaño. Será que la palabra se hizo de aire o tal vez ha sido el aliento del despertar de un ángel. Tan mío y tan descarnado, tan fresco y risueño como un manantial que juega a sonar entre piedras y pequeños soles reflejados. Se suspende alado y cosecha incontables lágrimas, las fervorosas, las ancianas, las nuevas, las primigenias y las humanas.  Dejará el tiempo de las claridades que, entrañados, reposemos otros lares, o tal vez, será la palabra anfitriona de la fusión inconmensurable entre la carne, el alma y mi ángel.


domingo, 29 de enero de 2017

Grito


Desborda
la figura,
sobresale
de la carne
y se instala
áfono
en la memoria
de la noche
que reaviva
el duelo
entre el grito
y los silencios.
El erizado
recuerdo
corre veloz
y se hace eco
para detenerse
a la vera
de otros gritos
ya muertos.

martes, 3 de enero de 2017

Doce sillas



Eran doce asientos, bien dispuestos uno al lado del otro. Las cabeceras serían ocupadas por los anfitriones y el resto sentado a piacere. No me gusta el bullicio, traté de buscar una silla especial para mi fobia, de esas que no están ni cerca ni lejos de los demás. A punto de hallarla vi como una chica de pelo largo y lacio se ubicaba en mi silla elegida. Opté por otro asiento, y compartí la velada lo mejor que pude. El brindis por el nuevo año no se hizo esperar y en la campanada doce todos alzamos la copa y nos sorprendimos del corte de luz. El jolgorio inicial se tornó en otra cosa,: misterio y sorpresa, pero en un santiamén aparecieron varias linternas de los teléfonos y volvimos a vernos los rostros. Brindamos y salimos al patio para alzar la vista al cielo: los fuegos artificiales ocuparon nuestros sentidos. Sacamos fotos y a la media hora retornamos al comedor,  todo hubiese sido anecdótico, un simple hecho. Pero no fue así. No encontramos a la chica morocha de pelo lacio, en realidad me dí cuenta porque ella había elegido la silla que a mi me gustaba. Pregunté por ella y vi la cara de asombro de todos
         —¿Qué chica? ¿ De quién hablas?
         —De la morocha de pelo lacio…
         —No hubo ninguna con esas características entre los invitados.
Confieso que me dio un ligero temblor y recordé la fotografía sacada con el teléfono celular al momento del brindis. Fui a la galería de fotos con cierto aire de : ya van a ver… Miré una por una y la mujer en cuestión no estaba en ninguna foto y es más, la silla estaba vacía. Me quedé como suspendida en el aire, un fuerte dolor de pecho se apoderó de mí y sólo sé que después de un par de horas también mi silla quedó vacía, hasta que en la madrugada la volví a ocupar.. Tampoco sé muy bien si estuve donde creí . Es que en las noches de amor y encuentro familiar lucho por volver a estar, como la chica morocha de pelo lacio que me recuerda a mi abuela cuando era jovencita. Solo la intuición me hizo saber que las dimensiones suelen cruzarse cuando brillan las casas con amor.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Una mejor versión


Siempre supe que somos un sinnúmero de desaciertos con algún atisbo de  dudoso acierto. Acertamos a nacer un día cualquiera sin que ello sea razón de algo sobrenatural o de indicio de cambiar algo en el mundo. Estaba en esa serie de dislates mal barajados cuando me encontré con mi antiguo amigo Hernandarius the Word. ¿Cómo eran las cosas antes de él no lo supe precisar bien, pero como fueron después , tampoco. Él es un engranaje necesario para la vida de muchos, asiste a sus vidas y sus muertes y sin ir más lejos puede dejarlos en stand by de un plumazo. No es un dios ni semidios, habita lo imposible y sangra asiduamente. El caso es que le dio sentido a la esperanza de ser comprendida en toda dimensión y aunque debo confesar de que mis dimensiones han ido en desmedro de mi imaginación, aminoré mi marcha y lo saludé.
         —¿Qué tal Hernandarius, tus cosas bien?
         —Más o menos, como la mayoría…ni muy muy ni tan tan.
Juro que estuve a punto de dejarlo hablando solo, esa respuesta agridulce en medio de climas festivos me pone malhumorada. Pero claro, no todo es tan fácil y no es posible despegarse de un buen amigo con tanta soltura.
         —¿Tus cosas dan en rojo, no? —atiné a responderle con voz metálica. Algo así como una voz poco humana.
         —Preferiría hacer un paréntesis, volver a conjugar el sentido de los hechos, hilar mejor, y ayudar a ver, pero no es cosa fácil. El mundo está todo mezclado, lo mismo un burro que un gran profesor como diría Discépolo en el tango Cambalache.
Me sentí la reina de las burras, yo tengo malos hábitos. No matan a nadie ni siquiera a mí pero hay que convivir con ellos.
         —Si claro, todo suena parecido pero no lo es.
         —Exacto y a veces es mejor hacer un punto y aparte y retirarse del fuego de los sucesos.
A esta altura de la conversación metí mi mano dentro del bolso en busca de mis llaves, quería subirme lo más rápido posible a mi vehículo para marcharme de ahí. Claro que el tipo me conoce bastante y suele mutar en femenino, en vegetal, o lo que se le ocurra. No creo en los maleficios, pero que los hay o las hay, es un hecho.
Me restregué los ojos, una densa lágrima cayó de uno de ellos, no era de emoción, ni tampoco por ninguna reacción de alguna cebolla; en realidad la lágrima nació de fijar mil veces el ojo y afinar la puntería para dar en el blanco. Y mal que me pese, todo se puso negro. Y ahora acá estoy en medio de la negrura, asistiendo a la muerte y resucitación de un loco texto. Después de todo, este oficio que me llena de personajes amigos, tiene sus ventajas: edito, reinvento, mato, soy portadora de vida, de amores y guerras con tan sólo pensarlo y escribirlo. Lástima que mi otro yo, inapelable, se encarga de tachar, rehacer, y encontrarme con Hernandarius: la mejor versión de mis correcciones en Word.