miércoles, 20 de septiembre de 2017

Claroscuros


La pena imperante que sobresalta la Tierra o el desplome de la Tierra causando la pena. La  esperanza que no basta para resucitar las canciones que bebe la muerte. Se multiplican las manos cuando suena el suelo, o cuando envilecido se aproxima el océano  y se dividen las lágrimas entre las almas caducas para amortiguar el llanto que cae, tristemente. Y miro la lluvia y su afligido acento: las calles mojadas, los rostros cimbreantes, el ánimo perplejo. Y no dejo de pensar en  las pupilas de la vida con sus claroscuros en espejo.


Poesias leídas en escuela pública

Las poesias leídas hoy en la Escuela pública donde asisten mis nietos: una es del libro Sol de otoño/Sole d`autunno (2010) y otra es del libro Palabras/Parole (2009) Las comparto.
VIRTUDES Y HARAPOS
Cuando la luna
aguada
y serena
se instala
en la esquina
del altanero pueblo
un hombre
harapiento
lee las estrellas.
Sus pupilas
dilatadas
trocan
semillas
por deformes espejos.
Ni es jóven ni es viejo
y con sus manos
delinea
historias de chacales
y de amores ajenos.
Y nadie lo escucha.
es todo silencio
sin embargo él
danza con el firmamento.
Y su paso no existe
su sueño se ha muerto
mas el hombre virtuoso
con su voz quebrada
le canta a ninguno
acurrucado y solo
en la espalda del tiempo.
Y la luna se apaga
cerrando la noche
de todo mi pueblo.
Siento en mi corazón
un feroz aguacero:
un pájaro herido
ha sangrado en mi sueño.
JAZMÍN BLANCO
Jazmín blanco.
Aroma exquisito
sensual, delicado.
Impregnada noche
de sutil embriago.
Tropelía femenina
esconde la mano
a la luz de la luna
lo arranca del tallo.
Queda solo el tallo
sin el jazmín blanco.
Frágil jazmín blanco
sensual, delicado
no alcanza el rocío
ni lluvia de campo
ni néctar prestado
que le devuelva
su encanto.
Se ha marchitado.
Al llegar el alba
el solitario tallo
agoniza de dolor
sin el jazmín blanco.
Tropelía femenina
esconde su mano
a la luz de la luna
robando encantos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Marianita Pierluggi

Marianita Pierluggi

Si  me preguntasen por aquel día de julio en la cancha Fraternidad en la que se jugó el primero de los mixtos, no tendría más remedio que mentir. Por eso de que lo que no se cuenta en su momento, no figura en la memoria de los hechos, y nadie me creería hoy día, si cambiase el curso de los acontecimientos. Como sea, escribir es un acto del inconsciente y no tienen porqué ser hechos fidedignos, o sí.
Estaba yo aquella tarde invernal, al costado de la cancha, la que daba a la fila de álamos, preparando mis muñecas porristas para el partido que comenzaría a las quince horas. Se consideraba que era un encuentro importante frente a los Sacachispas de la Estación, porque el ganador tendría chances de jugar el Campeonato barrial de las Sierras. Ese era un campeonato importante, porque el premio consistía en los botines para los ganadores. Y todos estaban entusiasmados con la idea de ganarlo, porque según decían, los botines eran mejor que las zapatillas, por el agarre, y aunque muchos de los padres de los pibes no estaban de acuerdo porque eran duros y ocasionaban cayos, ampollas  y otros peligros, igualmente todos querían ganarlo. 
Como les contaba, estaba yo en mis menesteres con las muñecas, previo al encuentro, cuando escuché un gran revuelo: corridas, gritos y un semicírculo alrededor de alguien que estaba tirado en el piso. Las piernas rígidas. Por las medias rayadas creí que era uno de mis hermanos, me asusté mucho, pero después me di cuenta que todos tenían las mismas medias. Me aproximé lo más que pude y vi que el Colorado Giménez estaba como muerto, que el aguatero llegó corriendo y le mojó la cara y que  abrió los ojos y se tocó la cabeza.. La madre lo abrazó y como se sentía mareado se lo llevó a la sala de primeros auxilios. Lo que había sucedido es que el equipo de mis hermanos estaba practicando hacer goles de cabeza  y el colorado Giménez no vio a Fernandito o viceversa, y ambos fueron a dividir una pelota aérea, y chocaron fuerte. Fernandito siempre fue medio cabeza dura  y aunque le dolió la testa , se recuperó enseguida.
Todo hubiese sido como otras veces, en que se reemplazaba a un jugador por otro, pero ese memorable día no había reemplazos. Una epidemia de sarampión los había dejado en cama a varios integrantes del equipo.  Yo siempre supe que las oportunidades llegan, y sólo hay que tener paciencia para esperarlas. Y ese día, tuve mi ocasión. El técnico, el padre de Julián, me miró fijo a los ojos para decirme:
                   —Marianita hoy te toca hacer de arquero.
No entiendo mucho de oportunidades, ni ahora ni antes, pero si sé que no hay que negarse a ellas.
                    — ¿Y qué hago con mis muñecas porristas? ——  pregunté consternada.                                            
—Las cuida Marta, la hermana de Fernandito. —dijo el técnico mientras me daba la camiseta del equipo.
Y esa tarde tuve tanta claridad que el arco se amoldó a la medida de mis deseos, y creáse o no, la pelota no pudo entrar. Al finalizar el partido, me llevaron en andas hasta el costado de la cancha para depositarme junto a mis muñecas porristas, y el resto del equipo dio la vuelta victoriosa  porque Fernandito anotó el gol de cabeza al minuto ochenta y nueve.

Como sea, lo único que me preocupó un poco es que en las anotaciones del plantel pusieron, arquero: Mariano Pierluggi y aunque pedí muchas veces que lo corrigiesen, hasta el día de hoy está mal escrito. Pero ya no me aflige, porque existe una niña dentro mío que persevera y aunque han pasado más de cincuenta años he aquí la oportunidad de resarcirme: equipo mixto, arquero Marianita Pierluggi, he dicho.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Monólogo




En el envés
del tiempo
hubo mares rojos
y también silencio.
Nada más triste
que retornar
la vista
a los ojos ciegos
Y fuera de nosotros
ver danzar
entre sombras
a la indiferencia.
Necesito soñar
que todo es un mal sueño
Y que despertarán
los dormidos
antes de ser polvo

antes de ser miedo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Había una vez/C'era una volta


Había una vez
una jaula
en donde
los pensamientos
dormían
a la vera
de los cerrojos
y los pájaros
que allí vivían
de tanto ver
el aire
supusieron
no ser esclavos…
Luego, los cerrojos
se abrieron
pero los pensamientos
necesitaban
la maledetta jaula.


C'era una volta
c'era una volta
una gabbia
dove 
i pensieri
dormivano
chiusi con catenacci.
Ma gli uccelli
che viveno li,
ogni tanto
vedevano
l'aria
per non sentirsi schiavi.
Poi i catenacci
si sono aperti,
però i pensieri
volevano
la maledetta gabbia.

lunes, 28 de agosto de 2017

Cuestión de actitud



“Todo es una cuestión de actitud”, dijo el padre de Julián, y  los pibes lo miraron con disgusto.   Bernardo, mi mejor amigo, se puso colorado como un tomate, así decía mi abuela cuando los cachetes de la cara enrojecían como síntoma de pudor o vergüenza, y le vi asomar la primera lágrima.  Y quise sacarlo del mal momento, distraerlo un poco, entonces abrí mi carterita  para sacar mis cuatro muñecas porristas y clavarlas como estacas al costado del arco, mientras le decía: “dale ponéte la camiseta nueva”. Pero Bernardo,  con la voz  entrecortada por la angustia, me respondió:
         —Yo no me la voy a poner.
Julio Fernández , el utilero del Club,  que andaba por ahí dando vueltas, vio que  mi amigo lloraba y se acercó para abrazarlo  con ternura y le dijo algo al oído, algo que yo no pude escuchar; seguramente era cosa de varones.
Entretanto, el “Colo”, Juanchi y Pérez,  tuvieron la idea de ir hacia donde estaban los organizadores del Campeonato barrial, para pedir autorización y poder  jugar sin camiseta identificadora, pero volvieron protestando y sin el permiso. Y ahí fue cuando se armó el lío.  Fernandito, el nieto de Lesá, miró la camiseta y aunque la dio vuelta del lado del revés, finalmente claudicó y la colocó sobre el banco de madera ,a la vez que en voz alta decía: “ nonono  yo no la voy a usar…”
Lorenzo, el padre de Julián que hacía de  técnico del equipo ,se preocupó mucho al ver que,  poco a poco,  los pibes se sentaban al costado de la cancha en franca actitud de: “yo no juego.”
Todo había empezado el domingo anterior. Resulta que la “Gomería el chueco”, como sponsor del equipo “ Los gurrumines”, le regaló camisetas nuevas a los pibes.  Todo fue una gran alegría cuando se apareció Fermín, el dueño de la gomería, con el regalo bajo el brazo. Eran de color violeta con rayas blancas y los números en color negro.  Ese día fue un partido a puro barro porque no cesó de llover y las pobres camisetas quedaron irreconocibles. Y ahí fue cuando apareció Marcela , la madre del Colo, para decir:
         —Me compré lavarropas nuevo, yo las llevo para lavar.
Cristina, la madre de Bernardo, era la que siempre las  lavaba  y lo hacía a mano. Las dejaba impecables y era la encargada de llevarlas limpias y planchadas cada domingo;  y justo ahora que eran nuevas aparecía Marcela para quitarle el puesto de lavadora oficial. Fue tal la discusión que se armó que decidieron  tirar una moneda al aire , a cara o cruz, y ganó Marcela. El caso es que con cara de ganadora,  puso las camisetas en una bolsa grande, al tiempo que decía que no se preocupasen por nada,  que quedarían hermosas porque el lavarropas nuevo tenía un programa de lavado profundo.
Cristina  se retiró cabizbaja, pero a su vez, expectante. Si todo iba bien, podría ahorrar para comprar un lavarropas nuevo, y así se podría turnar  en la tarea de lavar las camisetas cada semana. Pero nada en la vida es seguro, ni siquiera el programado del artefacto electrodoméstico, y no se supo bien si Marcela no leyó  el manual de uso o no supo cómo regular la temperatura del agua , pero  las rayas y el violeta de las camisetas se fundieron hasta lograr un color rosa viejo. Y claro, se notaba que decía “Gomería el chueco” pero también era evidente que habían desteñido, y por esas cosas de esos tiempos y de pueblo chico, de rosa solo se vestían las nenas como yo. Y aunque el padre de Julián hablaba de actitud no lograba convencer al equipo para que las usasen. También la vi llorar a Marcela atrás de los baños de la cancha, y a Cristina decir que,  nada mejor que lavar a mano la ropa de los chicos.
Pero el fútbol tiene una magia que  no es fácil de explicar y llegó Rolo, el padre de Sebas, electricista, y le dijo algo al oído al árbitro y el partido  demoró su inicio unos quince minutos.
Las ideas son ideas, dijo a quien quiso escucharlo esa tarde, y si bien las camisetas parecían pieles de cebras, poco quedó del rosa viejo y se multiplicaron las rayas negras. Se comentaba que había gastado como diez rollos de cinta aisladora en la transformación de las camisetas y hasta alguno deslizó la idea de  hacer una colecta para reponer las cintas, pero Rolo no quiso.  Y todos hablaron de la actitud desinteresada del padre de Sebas y de cómo resolvió el inconveniente en diez minutos.
Por suerte, el dueño de la Gomería prometió comprarles  nuevas y todos en paz, menos yo que al ver el despliegue que hubo por una simple desteñida, me quejé, y le dije al padre de Julián que mis muñecas porristas necesitarían ropa nueva y un juego de peluquería para peinarlas para el próximo partido ,porque también se habían embarrado el domingo anterior.
Él, sonriente y acariciando mis trenzas, me respondió:

         —Marianita por ahora no hay fondos para comprar esas cosas que pedís, pero ya te va a tocar…


Y nunca me tocó, pero la verdad es que  a esta altura no me importa demasiado, porque ya hace décadas que mis muñecas porristas no asisten a los partidos…

martes, 15 de agosto de 2017

Versos invernales


Es invierno aún
y se queja
la muerte
de los días
y aguardan
los jardines
de colores
como propina
de los sueños
no cumplidos.
Es invierno aún
y me deleito
en el limbo
y su cadencia
con la poesía
como brindis
sensitivo.
Es invierno aún
y el horizonte
incomprendido
trueca almas
por apariencias
ensombrecidas
para morir
irremediable
a la vera
del sinsentido…

jueves, 20 de julio de 2017

Celebración

Celebramos la vida y la amistad cada día, pensé, mientras miraba la huella de los zapatos donde me encontré con los enigmas de los encuentros y desencuentros, con los retazos de camino acompañada por almas diferentes, y sonrío por todas aquellos hermosos signos que con el tiempo se afianzaron para establecerse mansos, sin más premisa que la de un lazo entre corazones sinceros. Me gusta celebrar la vida con un café, un abrazo, una carcajada, un paseo, un sueño, un debate, un libro, una canción, un viaje, todo ello asentado en el misterio de querernos porque si, porque así lo manda el latido entre las almas.

domingo, 16 de julio de 2017

Un poco de alter ego no viene nada mal


He leído acerca del Yo, el alter ego y esas cosas que de un modo u otro hacen de la vida un laberinto de enigmas. Y en literatura todo es posible, incluso cruzar barreras insospechadas. ¿Y qué es lo que interesa más allá de las grandes cosas y los grandes descubrimientos? Un segundo de gloria, un minuto de recuerdo para la eternidad, un pedacito de historia bien o mal contada, un engaño pequeño, pero a su vez colmado de sentimientos pasionales y hasta un cuento breve nacido de las ansias de estar donde millones han estado. ¿Y por qué no ser protagonista?
El caso es que aquel 22 de junio quise aliarme al mejor. Y me vestí de gala. Dicen que los sueños se construyen y luego se cumplen, y por qué o quiénes habrían de desestimar esa sublime capacidad que yo también poseo.
Eligieron vestirme de blanco y negro con algunos toques en rojo, tal vez porque el rojo es pasión y vende bien. El blanco es pureza y el negro tiene un toque de misterio sofisticado, sin contar que ya nada es natural y el artificio es, a modo sintético, hacer creer lo que no es.
No soy de padecer nervios, más allá de lo que sienten los que están a mi lado, quizá porque conozco las manos que se ciñen a mi cuerpo y hasta me besan con la dulzura los que creen que sin mí nada es posible. Y yo me dejo besar, y vuelo a la altura de los elegidos.
 Esa tarde me aferré al don del mejor y  en el minuto 55, empezando dentro del propio campo de juego, aliada  al más grande de todos los tiempos, sintiendo el vibrar de sus piernas poderosas, y el latir de su cuerpo sin piel, pura vena, pura sangre, eludimos  a cinco jugadores ingleses y sin titubear nos acercamos al área chica inglesa, y cuando todos creyeron que me iba a mandar al arco, Maradona se enfrentó al arquero Peter Shilton quien salió a cortar el avance, pero Diego supo que soy su ladero incondicional, y amagó (él pegado a mí), y con el arco a su disposición y casi cayéndose, me mandó  al fondo de la red. El estadio estalló de sorpresa y júbilo,  millones de televidentes en todo el planeta nos habían visto. Y quedamos inmortalizados en la voz del relator periodístico Víctor Hugo Morales, y le dijeron genio y por primera vez lo nombraron ¡Diegoooool!, y barrilete cósmico y le preguntaron de qué planeta había venido. Y yo de perfil bajo, dejé que el genio de todos los tiempos hablara, aunque sé muy bien que venimos del planeta de las pasiones y que sin mi presencia vestida de fiesta, diseñada de gala o de entrecasa, son solo humanos a la espera de que yo, con mi redondez, bese la cancha.




domingo, 9 de julio de 2017

Los guantes de lana


En pueblo chico todo se sabe, y en Darwin  se sabía muy bien que Abelardo Ríos era un hombre solidario, siempre dándole  una mano a quien la necesitase, y en la medida de lo posible , pasando desapercibido.
Los pibes del barrio en cuanto veían aparecer la  Rastrojero  color gris de Ríos, alzaban los brazos  en señal de saludo; es que Abelardo les había conseguido los seis postes ( cuatro cortos y dos largos)  para armar  los arcos del potrero, además de cargarlos en su vieja camioneta y trasladarlos.
Y así como así, en la madrugada del veinticinco de mayo, aprovechando la fecha patria, apenas clareó, Abelardo hizo los cuatro hoyos con la pala de punta para dejar bien plantados los postes. El travesaño de uno de los arcos quedó con una ligera panza, pero nadie reclamó nada, porque como reza un viejo dicho: “a caballo regalado no se le miran los dientes” y esa tarde, antes de la chocolateada con pasteles que servían en la escuela, se jugó el primero de los partidos con arco , aunque por esas cosas del destino nadie hizo el gol del estreno. Tal vez, porque la adrenalina de los arqueros fue superior al mismísimo gol.
Víctor, el padre de Fernandito, el hijo de Lesá, quiso ir más lejos y dijo: “ hay que marcar la cancha” y a las pocas horas, ya todos en el pueblo hablaban del tema y de que sería bueno hacerlo con cal como habían hecho en Trelew, y justo por esas casualidades que no vale la pena profundizar, Abelardo estaba haciendo una changa en lo de Irma Escarpelo, pintando un galpón de blanco.
Irma no había tenido hijos, y tenía especial cariño por mí, quizá porque era la única niña de la cuadra o porque le hacía vestiditos a mis muñecas y como ella era modista se sentía identificada.  Como sea, todos sabían de su predilección, por eso los pibes del potrero me esperaron a la salida de la escuela y fue el Chueco Ramos el que me dijo: “"Marianita tenés que ir a lo de Irma y pedirle un poco de cal para marcar la cancha”. Me quedé patitiesa por un instante, luego lo pensé bien y les respondí que a cambio de eso quería ser arquero por un ratito, y ellos asintieron.
A la tarde visité a Irma, cosimos juntas un par de vestidos para mis muñecas y cuando estaba por irme. largué el pedido, sin detenerme: “Irma los chicos quieren marcar la cancha, y si a usted le sobra un poco de pintura y si quiere y si le parece bien, lo que le sobre ¿lo podría regalar?  Y me miró asombrada, antes de decirme: “¿Marianita vos jugás al futbol?” y yo no le iba a responder que no me dejaban ni nada de eso , así que le hablé de mis muñecas bailarinas al costado de la cancha y de todas esas cosas que yo llevaba los domingos para amenizar el partido.  
Al día siguiente, apareció Irma con una bolsa con cal y la dejó al pie de uno de los postes. Y yo fui la primera en saltar de contenta. Hacía demasiado frío, así que fui por mis guantes de lana, y como tratos son tratos, me presenté en la cancha. Todos me miraron con sorpresa, y  fue el colorado Giménez quien avanzó tres pasos y ya frente a frente, me dijo: “ Marianita te olvidaste de pedirle la regadera a Irma”.  Y ahí me explicaron que Victor marcaría la cancha con una regadera de zinc, llenándola de pintura , pero sacándole la flor superior, porque de esa forma saldría un chorro justo y parejo. Y la verdad, me dio vergüenza volver a lo de Irma para seguir pidiéndole cosas, así que aproveché el momento en que Abelardo la llevó en el Rastrojero a Trelew para ir al médico, y robé la regadera por un rato. Fui corriendo a la casa de Víctor y le dije que Irma la necesitaba enseguida. Apresurado, preparó la cal y se dispuso a marcar la cancha. Y como decía mi abuela, la marcó a ojo de buen cubero, sin ningún objeto de medición.  Eso no hubiese sido nada, el problema fue que me olvidé de enjuagarla bien al momento de  devolverla a su sitio. 
Fue muy feo mi sentir, porque cuando apareció Irma en el potrero quejándose porque le habian estropeado su regadera con cal, todos querían saber quién había sido el que la había robado. Lloré con amargura tras una planta de piquillín, mientras espiaba los sucesos. Para mi sorpresa, me salvó el colorado Giménez haciéndose cargo del robo circunstancial y le dieron de penitencia lavar la regadera hasta dejarla lustrosa. Nunca se volvió a hablar del tema.

No debería confesarlo, pero hasta el día de hoy guardo mis guantes de lana , por si acaso en algún momento, en algún lugar del mundo, necesiten por un ratito,una vetusta mujer con ganas de ser arquero…

sábado, 8 de julio de 2017

L@s poet@s



L@s poet@s
soltamos
amarras
en las vertebras
de una poesía
que breve
dilata
el latido
Y busca
siempre busca
 la inmensidad
de un corazón
que la complete.


jueves, 6 de julio de 2017

Paladas

Paladas- Ana Caliyuri
"No podía quedar a mitad de camino entre la creación y el hechizo. En ese cosmos, es factible enlazar aquello que está hoy disperso, pero que en verdad siempre estuvo unido" dijo ella con voz grave mientras encendía su pc. Luego, irreverente, desempolvó la apariencia de los siglos y en el vano margen del absurdo abrió el libro amarillento en su página 62 y se fugó con los versos finales de “La vida humana” de Paladas de Alejandría: “Pero todos después, todos por último/abordamos, no obstante, en sólo un puerto./del seno de la tierra en lo profundo.” Advertida, sólo intentó convencer al mundo que no hay carpe diem que te salve de ser extinto.
Palade - Ana Caliyuri
Non poteva rimanere di passaggio a metà tra la creazione e l'incantesimo. In quel cosmo è fattibile allacciare quello che è oggi disperso, ma che in realtà sempre stette unito, ella disse con voce grave mentre infiammava il suo animo. Dopo, irriverente, spolverò l'apparenza dei secoli e nel vano margine dell'assurdo aprì il libro giallognolo nella sua pagina 62 e fuggì coi versi finali di "La vita umana" di Palade di Alessandria: "Ma tutti dopo, tutti infine / approdiamo, tuttavia, in solo un porto. / del seno della terra nella profonda." Notata, cercò solo di convincere il mondo che non c'è un carpe diem che ti salvi di esserti estinto.

miércoles, 5 de julio de 2017

Cosas del alma



Como el humo
que aneblina
la mirada
hasta sonsacar
el atisbo
de una lágrima.
Como la noche
que aprisiona
su blandura
en el espejismo
de una ola
que se marcha.
Como las cosas
que van y vienen
hasta que finalmente
se instalan,
es la disyuntiva,
la lógica
de lo ilógico,
en tierras

de almas.

jueves, 29 de junio de 2017

Alegoría


Yo no sabía que Ludmila era tan creativa, menos que menos que  iba a realizar semejante maqueta reproduciendo la fisonomía del barrio y como si todo eso fuese poco,  reproducir con lujo de detalles la cuadra de la calle Ombú entre Arrayanes y Favaloro. En esa cuadra, justo vivo yo, y también está el almacén de Quito Nieves, el kiosco de Manuel Lissis y la veterinaria de Federico Canice. Todo hubiese sido una caricia al sentimiento barrial  si no hubiera aparecido en la vidriera de la veterinaria un animal que despertó mi curiosidad y la de otros. Algunos decían que era un perro lanudo inmenso, otros  afirmaban que eran dos gatos pegados, y no faltó quien dijo que era un tigre diente de sable, y yo no quería desilusionar la imaginación de nadie, pero con mis lentes de superaumento pude ver que se trataba de un par de leones.
El veterinario Canice nunca había atendido a ningún león, ni siquiera los del circo de los hermanos Rivas que cada año venían al pueblo. Porque consideraba que debían estar en su hábitat.  Y tampoco era lógico pensar que Federico había enloquecido como para poner a la venta ( ni siquiera en maqueta) a un par de leones.
Después de muchos días de exhibición del barrio en miniatura, en el hall del Club Social y Deportivo “El futuro”, decidí intervenir. Y esperé sentada a la creadora de tamaña belleza,  mientras leía un periódico viejo. Tengo la manía de pensar que todo se repite,  hasta la historia de los pueblos y sus grandezas y miserias, y hojeando la página amarillenta pensé que todos somos una necrológica latente y para qué sirve ser tan soberbios, o falsos, o mezquinos, si el hoyo nos espera a todos. Estaba en esos divagues cuando la vi aparecer a Ludmila y me mandé de frente y le dije que la maqueta era hermosa, pero que los perros de la vidriera de la veterinaria no le quedaron muy bonitos porque parecían leones  y ya que estaba, le comenté el parecido con  los de la película Garras. Ella me miró sonriendo y me dijo: “Juana son dos leones” y más que asombrada le respondí que había cometido un error porque en la calle Ombú no habitaron jamás animales de la selva y que la veterinaria era responsable y que siendo yo la mayor del barrio podía corroborar eso. Y claro, me miró divertida y me dijo que la calle Ombú profundiza lo que no se ve de la sociedad, y que conocía muy bien al médico veterinario porque hacía más de veinte años que tenía una relación con él, pero que no convivían porque él era un hombre raro y ermitaño y aunque la amaba no estaba dispuesto a perder su libertad. Y seguí pensando en los leones de la vidriera y me dije “que tendrá que ver tal cosa”, hasta que Ludmila se acercó a mi oreja para decirme: “ Juana, el león es una alegoría de Federico Canice: él es un hombre que vive entre árboles”;  claro lo dijo en referencia a las calles Ombú y Arrayanes que es donde tiene la veterinaria, y siguió diciendome: “ es muy bueno, pero  necesita un trasplante de corazón al mejor estilo Favaloro para espejarse mejor en lo que siente” y claro que con semejante confesión me alcé de la silla para ver los leones de la maqueta, y a uno de ellos  le vi la mirada de Federico, los ojos  color miel, y la cabellera larga y espesa y me dije que la muchacha era muy  inteligente , porque la leona que lo acompañaba era estilizada  y de sagaz mirada color café como ella.
 Por esas cosas de la vida, estaba uo en esos menesteres de barrer la vereda cuando  la vi llegar a Ludmila, con dos bolsos pesados a la veterinaria.

 El caso es que comentaron en el barrio que ella y Federico se habían casado en secreto.  Y yo no pude dejar de sonreír porque desde que el mundo es mundo, los espejos tienden a despertarnos y como quien no quiere la cosa, pero queriendo, saqué los leones de la maqueta y me los llevé a mi casa. Siempre fui una solitaria y uno nunca sabe…

domingo, 25 de junio de 2017

Silenciosa campana



A menudo pienso en mi niñez y no escapo a los recuerdos del fútbol, de mis muñecas bailarinas, de los buñuelos de manzana de los domingos y de los partidos llenos de inquietud  que se jugaban en mi barrio. Y me acordé del farol, del único farol que estaba en la esquina de mi casa  para iluminar poco y nada, pero que a fin de cuentas era todo lo que necesitaban los pibes de la cuadra.
 Justo ahí , bajo el farol, en medio de la calle polvorienta, se armaban unos partidos memorables durante las noches, más precisamente después de cenar. Ese jueves de primavera que mi mente trae con regocijo, no había pelota para jugar y los chicos sentados en la vereda mascaban aburrimiento y rabia. Es que Fernandito tenía paperas y la única pelota de futbol era la de él y para colmo se la había olvidado en casa de su abuelo Lesá, y todos le temían a Lesá, por eso de que tenía mal carácter y que de tanto en vez los había sacado corriendo con la escoba, cuando la pelota caía sobre su huerta. Asi que a Pecos Bill, asi lo habían apodado al colorado por las pecas, se le ocurrió una idea, y me dijo: “ Marianita te necesito de campana” y yo no sabía bien que era ser campana, pero Pecos Bill era bueno y todos confiaban en él. Lo seguí embelesada, era la primera vez que los pibes del futbol necesitaban de mi, y si tenía que tocar campana o  hacer de campana o lo que fuese, lo haría. Pero no me llevó a la Iglesia, la pasamos de largo, y me hizo sentar en el umbral de su casa con la única consigna de tocar tres timbrazos si aparecía su mama Coca, que había ido a misa de ocho.
El colorado entró a su casa y tardó un rato, yo estaba un poco nerviosa porque a lo lejos me pareció ver venir a la Coca, pero fue solo mi imaginación.

Cuando salió,  me dijo: “gracias Marianita, te podés ir” y yo no me quería ir porque intuí que algo escondía. Corrió hacia donde estaban todos los pibes y yo corrí tras él con tanta mala suerte que me tropecé y caí. Se rasparon mis rodillas y me aguanté el dolor, y así medio renga me fui acercando a la rueda que habían hecho. No alcanzaba a ver mucho, pero si escuché que el colorado decía:”metéle , hacéle el torniquete, no no , asi no, para adentro, metéle diarios, dale tres vueltas” y me dio ganas de llorar porque yo había sido campana y ellos no quisieron que yo viese nada, pero el farol iluminó la sonrisa de Pecos justo cuando lanzó al aire una pelota brillante, pequeña. Me di cuenta que no picaba y no solo eso, en una de esas vino la luminosa a parar al lado mío por un pase mal hecho de Juan Cisneros y la toqué con mis manos, y sentí que era sedosa, y como quien no quiere la cosa corrí hasta abajo del farol para ver con más nitidez y me di cuenta que era una pelota hecha con media de nylon. Y se me subieron todos los colores a los cachetes, sobre todo porque la vi venir a Coca ,furiosa hacia donde estábamos. Cuando estuvo cerca de pecos Bill, lo agarró de una oreja, mientras le decía: “ dejaste las medias tiradas en el piso y falta una de mis medias que seguro usaste para hacer la pelota” y yo me sentí cómplice por primera vez , no obstante dejé la pelota en el suelo y salí corriendo. Los chicos empezaron a corear ”Coca, Coca, Coca” y se ve que nadie escapa al segundo de gloria chica y la madre del colorado se detuvo, y con un gesto de fastidio mal estudiado, agregó agitando su dedo índice. “ que sea la última vez “ y pateó la pelota hacia donde estaba Valentín, que a pesar de tirarse a lo largo de su cuerpo no pudo evitar el gol. Y todos aplaudieron, menos yo que me sentí descubierta cuando me dijo: “ Marianita te vi sentada en la puerta de casa hace un rato. ¿Necesitabas algo? Y negué con la cabeza,  dos o tres veces, y me puse a peinar mis muñecas como si nada hubiese sucedido, después de todo había sido elegida para ser una silenciosa campana.

viernes, 23 de junio de 2017

De censuras , libertades y treguas


La boca
repleta
de pájaros
muertos .
Renacía
la tarde,
yo conozco
los soles
que habitan
muy dentro
y sacudí
los pájaros
a la sombra
de un sauce viejo.
Me inspiré
en sus alas
en sus remotos vuelos
y le supliqué
a la lengua
que abandonase
por un instante
la feroz tregua.
Y un día incierto
como un rio alado
que se enciende
volaron
las palabras
lejos de la jaula
cerca del firmamento
y me volví
a mirarlas
con ojos nuevos.

jueves, 15 de junio de 2017

Abstracciones

Me gusta el vuelo de los pájaros, la infinita libertad que atraviesan. Y es entonces cuando la pluma diseña el candoroso olvido de los pies en tierra. Busco los remolinos que centrifugan los pensamientos y en ese golpe de suerte, grabar el compás de los latidos en el gigante corazón del Universo. Cuando llego a la orilla del propio silencio, me reconozco solitaria y es en ese instante preciso la aparición del viento. Y nos mecemos, porque aun habiendo vivido extenso tiempo nadie olvida el primero de los vaivenes que nos trae el recuerdo. Me gusta el vuelo de los pájaros, en la sombras o a la luz de una luna llena. Cosas jamás extintas en las almas añejas…

jueves, 8 de junio de 2017

¡Cuidado con Lesá!


No sé si se agiganta la memoria con el paso del tiempo, o si en verdad este recuerdo de la niñez generó en mí, algo imborrable. Como sea, por acá ando, ya no niña, reviviendo instantes para exorcizarlos o algo así.
Me apego a las imágenes de unas calles de tierra, un puñado de casas y el potrero donde jugaban al fútbol los pibes del barrio, entre ellos, mis hermanos. Los arcos delimitados por piedras, tierra suelta , ansias de ganar, la rabona, la pared entre el Negro y Juan, era lo que se necesitaba para ser feliz por un rato.
Justo al lado del potrero, había una casa tipo rancho, donde vivía  el abuelo italiano de Fernandito. Solía sentarse a ver los partidos en su mecedora y aunque lo saludábamos, él jamás nos devolvía el saludo. Debo decir en honor a la verdad que  le teníamos miedo por la cara que nos ponía al vernos: ojos entornados, rictus amargo, bigotes duros y manos crispadas.  Le decían Lesá, con el tiempo supimos que se llamaba Alessandro. Era un hombre de pocas palabras y aunque no sabía leer ni escribir , se las ingenió para la supervivencia en un país lejano , “troppo  lontano, demasiado , como para pensar en volver a la “isola”, como le decía él a Ischia, su lugar de nacimiento. Tenía el hábito de  masticar una pipa, digo masticar porque aunque lo espiábamos nunca vimos salir humo ni de su boca ni de la pipa.
Esa tarde de junio que fue memorable para todos los que ahí estábamos, había partido . El Juanchi  ( el dueño de la pelota de tiento) llegó con la redonda abajo del brazo. Después llegaron otros y empezó el juego de la pisada entre el Juanchi y el Colo, adelantando un paso cada uno, enfrentados ellos, hasta que el Juanchi pisó al Colo y entonces tuvo prioridad para armar el equipo y como era de esperar eligió al Chueco para que jugase de su lado, era el mejor,  y así, uno por uno, iban eligiendo hasta que llegó el gran problema: nadie quería ir a atajar y Juanchi dijo. “ Fernandito andá al arco” y ahí  se armó la gresca porque Fernandito no quería ir y no sé bien cómo fue porque yo estaba entretenida  vistiendo a mis muñecas porristas, hacía mucho frío y las estaba abrigando con  bufandas y polleras largas, pero sí alcancé a ver a Fernandito que se fue llorando para la casa de su abuelo Lesá.
 Y todo hubiese terminado ahí, pero en un momento del partido, la pelota picó mal y fue a parar a los pies de Lesá y lo vimos sacar una navaja de su bolsillo y herir de muerte a la redonda. Cuando estuvo desinflada la colocó debajo de sus pies, ante la mirada incrédula de todos nosotros.
No me acuerdo otros detalles, pero si sé que a partir de ese día, Fernandito nunca más fue al arco y aunque no era bueno en ningún puesto, todos hacían la vista gorda ante su torpeza, incluso mis muñecas que lo saludaban con nuevas coreografías al entrar a la cancha.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Nana blanca


Con ruido
de poesía
recogí
los restos
del alma
confiada
en deshacer
la oscuridad
con la mirada
de mi niño
que no dejaba
de pestañear
sobre mis lágrimas.
Y ellas exhaustas
se aparearon
con el silencio
que flotaba
y supe que la luz
era una tibia caricia
como una nana
que sublimaba
las gotas
hasta endulzarlas.

sábado, 27 de mayo de 2017

El día de las mariposas


Una vez le pregunté a mi prima, si recordaba ese domingo de primavera en que nos llevaron a la cancha de fútbol del Club Movediza, para asistir a un partido de las inferiores. Ella me miró asombrada porque no tengo mucha memoria de la niñez. Pero claro, hay momentos que son inolvidables, y ese había sido uno.  Me pidió que se lo relatase y mientras tomábamos unos mates amargos, acudí a los recuerdos.
Nos habían preparado para ir a la cancha  como  si fuésemos dos flores : vestidos color rosa con el canesú nido de abeja, medias can can blancas y zapatitos Guillermina, así se llamaban, de cuero negro con un botón forrado al costado. El cabello recogido con lazos de colores y  carteritas de plástico calada donde poníamos los caramelos y muñecas para jugar.
Estábamos acostumbradas a ubicar nuestras muñecas porristas sobre la línea lateral izquierda de la cancha, marcada con cal, antes del inicio del partido.
Nos estaba vedado jugar al fútbol, no era un juego para nenas, decía la sociedad en esa época. Nosotras nos hubiésemos conformado con llevar el agua para refrescar a los jugadores durante los quince minutos del entretiempo.  Pero, estaban el colorado Luis y el chueco Silvestre, con las cantimploras llenas y ellos eran los aguateros del equipo.
Mis hermanos estaban muy entusiasmados porque estrenaban camiseta, una roja con una banda cruzada  de color amarillo  y aunque eran hinchas de los gauchos de Boedo, la llevaban con dignidad barrial. Los pantalones blancos les quedaban grandes, pero, mi madre a último momento les puso un elástico doble para evitar que se les cayesen mientras jugaban, porque hubiese sido un gran papelón.
El partido se puso difícil en el minuto cuarenta porque en un choque de cabezas, buscando el gol, quedaron tendidos en el suelo el Rulo Sanchez y Hernán Boloroco. Justo los dos mejores delanteros del Club Movediza, y ahí fue cuando el técnico miró al colorado y al chueco (los aguateros) y pidió el cambio . Los pibes saltaron de alegría cuando les arrojaron las camisetas y quedaron las botellas de agua , abandonadas, sin dueños. Y juro que sentí que esos envases de vidrio de formas caprichosas, me miraron: primero a mí y después a mi prima.  Así que guardamos las muñecas porristas en las carteras y nos hicimos cargo del agua. Cuando llegó el entretiempo corrimos al centro de la cancha con las botellas aferradas al pecho.  Y en la carrera, los moños del pelo,  por obra del viento ,se desprendieron de los cabellos y en movimiento ondulatorio, ascendieron, hasta caer sobre las primeras flores de primavera. Y alguien sacó la foto, y asi fue como en el periódico del lunes aparecimos  fotografiadas con el título: el día de las mariposas. Claro que me gustó verme, pero también aprendí que las mariposas tienen poca vida porque al domingo siguiente el chueco y el colorado llevaron reemplazos, por las dudas, y nosotras no volvimos a pisar la cancha .
El mundo del fútbol siempre nos sorprende, y todo muta, y progresa , y aunque he perdido los moños de colores hace mucho,  jamás perdí el apasionamiento que genera el fútbol y mucho menos las esperanzas de ver a mis nietas jugando algún mundial ,mientras me tomo unos mates, ya no amargos…


domingo, 21 de mayo de 2017

Romance con los ganadores


A veces me he sentido salmón en ruta del desove, remontando el río de dificultades, saltando obstáculos a diestra y siniestra, sin olvidar que  hay un paraje final que a todos iguala y del que nadie se salva.  Y esto de aprender a conocer el mundo, las almas y los corazones, es ardua tarea cuyo fondo blanco suele ser turbio.
Solemos vivir romances con aquellas cosas que nos gustan, nos emocionan, nos desvelan: la música, los deportes, un pasatiempo y enésimos etcétera.
A muy corta edad, no tendría más de siete años, fui  testigo de un romance entre la redonda y dos divisiones de clubes de barrio. Justamente del barrio de mi casa, aledaño a la estación de ferrocarril, allí donde todo se mide con el pitido del tren.
Yo era la única niña de la cuadra, y como si eso fuese poco, había dos canchitas de futbol en la misma manzana, razón por la cual no tenía con quien jugar y mis muñecas no tuvieron más remedio que convertirse en porristas de fútbol para amenizar los minutos previos a los partidos.
” Los pibes de la estación “y “Los primos del Rulo” estaban últimos en la tabla.  Ya desde muy niña me gustaba  alentar a los rezagados, será por eso de que la victoria es siempre un espejismo que  poco refleja.
En el barrio existen otras reglas y fue entonces que  el Club de la estación organizó una final  entre los cuatros últimos de la tabla. Y mis dos equipos elegidos, después de disputar partido revancha con “Los panaderos “ y “Los olboys “ quedaron como finalistas. El premio a disputar era un cajón de gaseosas, las de botellas pequeñitas, esas que guardan la magia de las burbujas dulces en su pequeñez.  
Las madres de los jugadores llevarían tortas para engordar el premio y por supuesto, mis siete muñecas porristas, estaban convocadas.
Ese domingo memorable, el de la final, la madre del Rulo apareció con dos tortas gigantes: una era rectangular simulando la cancha de fútbol con los jugadores y la otra era una pelota toda de chocolate. Nos enamoramos a primera vista de la redonda, tan brillante, tan apetecible, tan perfecta, tan tentadora. Hubiese pellizcado el balón para probarlo, pero no lo hice porque las muñecas hubiesen querido también y yo nunca fui egoísta y la torta hubiese perdido encanto. El partido fue muy aburrido y la definición por penales le dio la victoria a “Los pibes de la estación”, que dieron la vuelta a la cancha con la pelota de chocolate ante la vista de todos.
Nosotros tuvimos la  ilusión de que nos convidarían aunque sea un confite, pero se llevaron la pelota al vestuario. “Los primos del Rulo” en cambio, compartieron la cancha gigante recubierta de dulce de leche y grana verde y alcanzó para un pedacito para cada uno. Pero la verdad es que mis muñecas y yo no dejamos de pensar en lo rica que debía de haber estado la pelota de chocolate. Y la imaginé derritiéndose dentro de mi boca y chorreando entre mis labios hasta saciarme ; fue en ese instante cuando vimos brillar la bandeja de la pelota de chocolate, en manos del capitán del equipo ganador, y como si eso fuese poco  venia hacia donde nosotros estábamos ubicados. La decepción sobrevino cuando depositó a nuestros pies la bandeja con restos de chocolate manoseado y confites mordidos. La madre del Rulo vio todo a distancia, hasta que se aproximó y nos dijo que estábamos invitados todos para el próximo domingo y que traería una pelota de chocolate para compartir. Y como si todo eso fuese poco, sacó de adentro del baúl de su auto dos tortas con merengue. Una la cortó para convidar y la otra la colocó en la bandeja de los restos de la pelota de chocolate, previo a limpiarla con un repasador cuadrillé. Y lo llamó al capitán, al Rulo y le dijo que se la llevase al equipo ganador. El Rulo, su hijo, se aproximó al grupo de “Los pibes de la estación” y les dijo que era para festejar. Y yo y mis muñecas y los demás nos quedamos sin palabras, hasta que me animé y le pregunté a la madre del Rulo porqué le había dado la bandeja con una torta tan rica si a nosotros nos habían querido convidar las sobras, y ella con ternura, acarició mi mejilla para decirme al oído: “ cada uno da aquello que tiene en su corazón”. Y fue entonces que mis muñecas y yo nos hicimos hinchas del equipo del Rulo, porque después de todo aunque "Los pibes de la esación" se creyeron ganadores, yo vi al equipo del Rulo  ganar por goleada…




lunes, 15 de mayo de 2017

La magia de los supuestos



Escuché el sonido de vidrios rotos y miré para todos lados buscando un indicio, algo. Una pelota de fútbol detenida al lado de la planta de jazmín, en el patio de mi casa, me hizo suponer que ella había sido la causante. En el potrero de al lado estaban los pibes del barrio jugando al fútbol y con espanto, recordé que si mi abuelo Domenico descubría la rotura de algún vidrio, la pelota sería acuchillada.  Así, literalmente: acuchillada. Siempre comentaba que los chicos jugando le estropeaban los plantines con la pelota o le rompían algo y juro que en una ocasión lo vi darle puntazos al balón con el cuchillo de hacer surcos en la tierra. Lo que mi abuelo no sabía era que los pibes habían juntado hasta el último pesito para poder comprar la pelota, y él,  así sin aviso, la había herido de muerte hasta dejarla sin aire.
Yo no me animé a contarle a nadie que los restos de la  pobre pelota habían sido enterrados junto a los plantines de morrones. Bueno, alguna vez pensé que el morrón rojo que crecía a destiempo, el más grande de todos, era el corazón de la redonda. De alguna manera las pasiones brotan de bajo tierra.
 Me había jurado a mi misma que no permitiría que sucediese una próxima vez. Y ahora, ahí tenía a la pelota en terreno peligroso y a mi abuelo rondando por la huerta. Como si todo eso fuese poco, al ir por el caminito de piedras blancas en busca del balón, vi el vidrio del ventiluz del galpón hecho pedazos en el suelo. Sin dudas la pelota era la culpable, esto de salvarla me exponía al enfado de mi abuelo y la consiguiente penitencia, que para una niña de diez años era no salir a la vereda a jugar a las payanas. Y yo amaba jugar a las payanas, por eso de equilibrar las piedras en la palma extendida de la mano y lanzarlas hacia el cielo para recibirlas.
Pero no me quedaba más remedio que exponerme. Barajé varias ideas, la primera fue devolver la pelota a la canchita de al lado, pero cuando la tomé con las manos para pasarla por arriba de la pared, supe que ese muro era demasiado alto y que jamás lo lograría. La escalera que mi abuelo usaba para podar los arbustos era una buena solución, claro que justo en el momento en que iba por ella, lo vi a él con la tijera de podar en el último peldaño. Y entonces, como esas cosas impensadas, me puse en el esquinero del patio con la pelota al pie, y medí mis pasos, una buena carrera  y de puntín la pasaría para el otro lado. Así lo hice y respiré aliviada cuando vi la pelota por el aire pasar por arriba de la pared. Salté de alegría , pero todo se detuvo al momento de darme cuenta que le impuse tanta fuerza al golpe que había roto la puntera de mi zapatilla izquierda. No sabía que era zurda para patear y eso me sustrajo de la preocupación, sobre todo que dicen que somos menos los que saben pegarle con la izquierda y me sentí feliz. Estaba en ese pensamiento cuando vi a mi abuelo venir hacia mí. Miré el ventiluz roto y traté de distraer la atención subiéndome al viejo monopatín oxidado.  Domenico pasó de largo y nada preguntó. Respiré aliviada. 
En eso veo entrar a mi hermano con cara de descompuesto, y pálido me preguntó si había visto la pelota nueva que le había comprado nuestro padre. Y todo pareció girar en torno a mí, y perdí el equilibrio para caer  justo encima de los morrones. Y reparé que ya no estaba el más rojo de todos, el corazón de la pelota, y supuse que se había mudado a un mejor lugar: al potrero de al lado. 
Con cara de yo no fui, alcancé a responderle a mi hermano, desde la tierra mojada: yo juego con las payanas. Eso hubiera sido todo, pero además esa tarde vi cuando mi abuelo colocó el vidrio nuevo del ventiluz. Y pregunté con cara inocente qué habia pasado y me dijo que la punta de la escalera de podar se había incrustado sobre el vidrio al momento de apoyarla, ocasionando la rotura.
 Y me  empecé a reír sin poder parar, hasta que ya más calmada acomodé las payanas en mis manos y las lancé al aire como si fuesen piezas mágicas, después de todo también la vida y la pelota de fútbol suelen jugar a la magia de los supuestos...







domingo, 14 de mayo de 2017

Frágiles hojas



Tantas danzas
tantas palabras
tantas gracias
tantos laberintos
tantas piedras
Y solo somos
frágiles hojas
en la fortaleza
de un hoy
que ya muere...


lunes, 8 de mayo de 2017

Los goles en la pizarra



Cuando yo era niña pensaba que los domingos existían  para jugar al fútbol y que los días restantes estaban de relleno.  También creía que la vieja  pizarra de madera, pintada de negro, colgada en una pared del galpón de mi casa,  estaba justamente ahí para que  yo escribiese los resultados de los partidos.  Y de ese modo, multiplicando esperanzas, sumaba puntos para San Lorenzo de Almagro, mi equipo favorito de Primera división, aún a costa de restar goles de los adversarios. Todo eso sucedía hasta cruzarme con la mirada leal de mi padre que me acercaba un trapo mojado para que borrase aquello que adrede había contabilizado mal. No se podía hacer “trampa” , era indigno aunque fuese en una pizarra que nadie vería más que nosotros.
Cada sábado preparaba las tablas con la lista de los equipos que jugarían al día siguiente en el costado izquierdo de la pizarra, y en el otro lado armaba el fixture local.
Como cada fin de semana, asistiría con mi familia a ver el clásico. Aquél domingo que recuerdo con nostalgia, se jugaba un partido definitorio entre el Club Ferroviarios  y  Defensores de Ayacucho. Nosotros vivíamos en el barrio de la estación y por supuesto, éramos hinchas  acérrimos de nuestro club ferroviario.
Yo estaba ensimismada en el último regalo que me había hecho mi tía: la maravillosa “pizarra mágica”, la rectangular  enmarcada en plástico brillante de color rojo, la autoborrable que traía un lápiz de plástico imantado. Intuí que no me dejarían llevarla a la cancha, era un juguete nuevo y caro, pero también estaba convencida de que era la única oportunidad que tendría de hacer trascender mis anotaciones frente a otras personas. Fue por esa razón que, a escondidas de mi madre, puse la pizarra dentro de la canasta, al lado del plato de buñuelos de manzana que ella había preparado para esa tarde gloriosa. La tapé con un repasador cuadrillé y escondí el maravilloso lápiz  en el bolsillo izquierdo de mi tapado de gabardina color azul.
Salimos todos juntos hacia la cancha de Ferroviarios; era de tierra con sus marcas de cal blancas y sus arcos de madera pintados de sintético blanco, donados por el carpintero Giménez.  Los palos estaban desnudos aún, porque la red estaba por venir de Buenos Aires y nunca llegaba, se decía que en el camino se había quedado el dinero , pero nosotros preferíamos creer que la red vendría algún día.
Por lo general, mi padre con mis hermanos se colocaban detrás del arco rival para ver con claridad la jugada al momento de vencer al arquero; en cambio a las mujeres nos mandaban a los laterales de  la cancha y si era posible con las puertas del coche abiertas para evitar que la pelota golpease a la nena, que venía ser yo.
Lo que ellos no sabían era que esa tarde había llevado la pizarra mágica y que por obra y gracia de la pasión, había sido nombrada por esas cosas del alter ego, como la anotadora oficial del partido.
Mis manos sudaron de tanto esperar el primer gol, que llegó al minuto cuarenta y que  anoté con fastidio porque fue del equipo rival. Primero elegí el número uno, o sea uno a cero, pero después me arrepentí y coloqué una cruz a modo de juego del Ta te ti.
A los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo hubo una falta en el área chica y fue penal para Ferroviarios. Con alegría anoté el gol con una cruz del doble del tamaño de la anterior.
Ya quedaba poco para el final del partido y me fui acercando hacia donde estaba mi padre con mi pizarrita en mano.  Y alcé la vista hacia el área y justo  vi como se llenó el pie el delantero Juarez  y como la pelota dio en el travesaño para rebotar luego sobre la línea y grité el gol, y lo anoté en la pizarra, pero el juez de línea hizo señas de que no había sido y  por un instante todo fue silencio hasta que un grupo de hinchas invadió la cancha para reclamarle al árbitro y ahí terminó el partido.
 Juro que  la pelota entró, yo la vi, pero a veces el fútbol es como mi pizarra mágica y en un instante, aquello escrito con pasión, desaparece, se borra y todo vuelve a empezar…




domingo, 7 de mayo de 2017

Entre puntos suspensivos


Me gusta nadar entre palabras como si la voz fuese de agua, como si el agua naciera de las lágrimas, como si ellas fuesen de mi otoño, la ausencia , y del presente, el olvido. Y me pregunto para no responderme dónde estará la sombra de lo más oscuro y donde anidan la impunidad y los puntos suspensivos para preguntarles cuántas veces han sido noticia por los siglos de los siglos.
¿Y dónde se hallan los que dicen amarnos y giran su vista hacia el vacio?
Alguna vez me sentí delfín, otras tantas veces fui silencio en tierras pobladas de caparazones como los míos. Y luego fui palabra para ser pájaro de las alturas, esos que hacen nidos en los misterios de papel para estar lejos de los cuervos mal habidos. Y ahora no estoy segura de ser pájaro, ni flor agrietada, ni silencio, ni siquiera una blancura de la inmensidad más sombría. Ahora me siento una gota del último rocío...

miércoles, 19 de abril de 2017

La taba empalagosa


Esto de mirar de lejos es una vieja costumbre que se entrecruza con la niñez. Pero mirar de lejos, es una compleja manera de decir, cuando de fútbol se trata. Será porque hay riquezas del espíritu que se miden con la vara de las pasiones colectivas y lejos de abochornar mis días, los campeonatos mundiales de futbol, me arrastran a desarrollar conocimientos, relaciones impensadas, conductas alocadas y hasta gustos jamás probados. Por eso cada cuatro años me transformo, y todo redunda por un mes, en mutar. Y mutan los horarios de almuerzo o cena, los menúes, las vestimentas, las conductas y la casa se convierte en un indomable potro al que todos acariciamos. Como un recién nacido que nos lleva por el camino de los sueños e ilusiones y en donde todos ponemos un poco de laureles, frustraciones , memoria y favoritismo.
Aquella tarde que recuerdo, era la final de la Copa del Mundo, en el Estadio Azteca de México y jugábamos frente a Alemania. Me levanté más temprano que de costumbre, tenía que hacer las rosquitas fritas empapadas en almíbar, recubiertas con confites, para la hora del partido. Era la cábala, una suerte de taba empalagosa que nos daba fe. Porque hay que tenerle fe al equipo que juega, pero también acompañarlo de algún misterioso modo.
Teníamos al mejor de todos los tiempos, nuestro Diego, pero él debía hacer la diferencia, ya que los alemanes siempre nos habían ganado o empatado. Solo los grandes construyen confianza, y confiábamos en él.
Llegó la hora del encuentro. El mate circuló de mano en mano y los nervios también. Éramos más de veinte, reunidos frente al televisor, por lo que fue necesario armar la platea sentándonos en el piso. Y como esas cosas que suceden por obra y gracia de la pasión, de repente me encontré haciéndole cuernitos con los dedos a los tiros libres de los teutones y diciendo cosas irreproducibles con tal de frenar el avance del rival. E impuse, ante el peligro en el área chica, el doble cuernito, gesto que hacíamos cada vez más cerca de la pantalla de Tv. Como si nos hubiésemos trasladado al estadio mexicano estábamos unidos por el aire de la victoria y me di cuenta de que el corazón futbolero vuela y es un pájaro capaz de hacer periplos en bandada.
Al minuto veintitrés llegó el gol del Tata Brown , y recordé un dicho de mi abuela que decía: no es necesario brillar a cada rato, solo cuando es necesario. Y el Tata brilló en el momento justo, porque ese fue el único gol que hizo con la Selección Nacional. El gol del respiro, el inolvidable, el que se lleva todo el aire de los pulmones y los nervios acumulados. Luego, llegó el descanso,los quince minutos de espera, nos encontró alegres y confiados.
En el segundo tiempo vino el gol de Valdano, eso fue una cuota extra de confianza. Y circuló el mate y ya nadie comía rosquitas fritas, pero por esas cosas que solo tiene el fútbol,donde todo puede pasar , en siete minutos nos metieron dos goles los rivales, y el aire y la ciudad se quedaron estáticos ante el repentino empate.
Solo quedaba una rosca empalagosa confitada, y faltaban once minutos para que terminase el partido, y no queríamos ir al alargue ni a los penales, así que como esas simples cosas de las cábalas, revoleé la rosca al aire , ante la mirada de todos y dije: “ si cae confite arriba es suerte” y sentí que ayudaría a escribir un puntito en la historia del fútbol argentino. Porque de eso se tratan las pasiones, de creerse que uno empuja el destino victorioso con una rosca llena de almíbar. Y así fue, porque al minuto ochenta nuestro Diego le hizo un pase extraordinario a Burruchaga y convirtió. Y todo fue un solo grito, largo como la esperanza y permanente como las convicciones.
Y festejamos hasta el día de hoy , en cada recuerdo, hasta la próxima cábala que funcione como pieza de ajedrez de un jaque mate colectivo.

martes, 18 de abril de 2017

Promesas de soñadores



Prometeremos
inmensidades
que nos abarquen
desde el fondo
del latido
hasta la esencialidad
más humilde.
Y seremos noche
Y seremos día
con astros jamás vistos
y silencios
sin las bocas
entre vientos
compartidos.
Prometeremos
mundos justos
que nacen
de la bruma
Y se tornan
lluvia
en días
que nos halagan
con sus labios
recién nacidos.


viernes, 14 de abril de 2017

Más allá


Más allá
de todos los saberes
las albas
la ceguera
Y las cavernas
está el latido
haciendo luz
en la esperanza
de un día
como todos
en donde el sol
es un espejo
que se nutre
de aquello
que hacemos
en la brevedad
de un sentimiento.

domingo, 9 de abril de 2017

Licuando el tiempo











Es un diálogo interesante entre el pasado y el presente, pensé, al momento de  mirar el relieve realizado en mármol del  “
Museo Nacional de Arqueología de Atenasque muestra a un atleta griego haciendo juegos con una pelota, alzando el muslo. Al lado  hay un niño como asistente, aprendiz o no sé qué cosa, observando. Esa imagen me habla de la Grecia antigua, allá por los tiempos en que  los griegos seguramente jugaban una forma de fútbol, ya que el juego era popular en las calles de Roma. Y dicen que la pelota de ese atleta era inflada. Como si fuese hoy mismo, mostrando  la imagen de un jugador de fútbol y su hijo, o el más grande de todos los tiempos haciendo que lo imposible fuese posible ante la mirada absorta de cualquier niño que con él se cruzase. Y reparé nuevamente en el grabado de hace milenios en donde el atleta aparece desnudo y concentrado. Y pensé en alguno de los nuestros, más precisamente en el que más emociones me generó. Y claro que recordé el cabello enrulado de Diego, y su baja altura, y sus piernas robustas, y la zurda y el tobillo inflamado, y la quebradura  y el corazón chorreando lucha por la camiseta y los goles inexplicables. Y me dije: es posible en cualquier tiempo asistir a los dioses cuando se es un fenómeno en cualquier área. Y en ese maremágnum de recuerdos, deduje que el mejor de todos los tiempos, también jugaba desnudo, así, sin máscaras ni atuendo que lo limitase.
Luego me puse a indagar acerca de la antigüedad y sus pasiones y hallé a Nike la diosa alada que porta laureles en su testa, cuyo nombre significa Victoria y  que presidía las competiciones atléticas apareciendo  su imagen muchas veces  en manos de algún dios superior como Zeus. Y claro que tuve el impulso de asociar ideas para comprender pasiones. Y nada es casualidad, ni siquiera los sponsors  o la ropa deportiva.
Y volví a observar  el generoso relieve que aún permanece vivo y el pensamiento me llevó hacia  los dioses olímpicos y recordé “la mano de Dios” que le hizo el gol a los ingleses y sonreí por los apodos que supimos concebir:  El 10 ,,Barrilete Cósmico, Pibe de Oro,  El D10S  y como por arte de magia supe que el tiempo se licuó.  Y tanto en la antigüedad, como en este tiempo o cualquier remoto tiempo, fue, es y será posible, de tanto en vez, bajar algún dios menor a Tierra para jugar al juego de las pasiones y sufrir, amar y enojarnos hasta lanzar lágrimas compartidas cuando  los laureles cantan victoria o cuando nos dan la espalda.






sábado, 8 de abril de 2017

Un hombre de tierra eterna


La memoria de las cosas tiene música, me dijo él aquel día jueves mientras mirábamos los signos del atardecer. Recuerdo ese día por la catarata de silencios que disfrutamos a la vera del río Sena, clima conjugado por nuestras almas sólo interrumpidas por el canto variado del estornino pinto. Denis me habló del talento de esas singulares aves, capaces de imitar los sonidos del entorno; también me relató que William Shakespeare los mencionaba a menudo en poemas y obras de teatro. Yo había oído que esos bicharracos habían causado accidentes aéreos, que parecían malos y eran magros, que sus plumas no eran vistosas: pero nada de esto dije. Estábamos en un inolvidable instante romántico a orillas del Sena, alejados de la realidad y cercanos a las aguas de nuestros sueños. No hubiese sido justo quebrar la belleza con comentarios de tamaña crudeza. Estaba a miles de kilómetros de los amores dejados en Buenos Aires y aún disimulando el dolor del exilio con cara de As de copas, simulando (con dudoso disimulo) que era una turista más, una mujer entre tantas otras; sin embargo, al retornar a la mugrosa pensión donde vivía, no me esperaría mi madre con un tazón de sopa caliente ni estarían mis hermanos con el periódico en la mano para aprender a leer entre líneas. Nada de eso sucedería, pero él lo ignoraba.
En ese tiempo de oscura soledad, yo pensaba que nadie en este mundo se serviría del silencio para jugar con las volutas de humo del cigarrillo enredándose en mi cabello, o que en verdad serían excepcionales seres los que verían el embarazo de las luciérnagas en las noches en que las miradas entre dos almas se encienden. Denis era de esa clase de hombre, por esa razón fue mi par: en definitiva, mi salvación.
Nos habíamos conocido al cruzarnos en el tren que une Marsella con París, Marseille como solía decir él, a media voz. Fue mi manía de contar los asientos como si fuesen casilleros de vida o muerte lo que causó que fuese a parar a su lado. Pares es vida, impares muerte; él estaba sentado en el asiento número 13, despatarrado, con la mirada ausente y apoyando su cara angulosa contra la ventanilla. La muerte le rondaba, y yo, apegada a mis prejuicios, no quise que muriese; no sería ése el día de su muerte.
Me detuve en el pasillo, a un metro de su asiento, con la torpeza pegada a mi pequeña valija. No sé bien cuál fue el giro que realicé, o si mi pie izquierdo no quiso responderle a mi mente, pero terminé sentada sobre sus rodillas. Me miró y nació un gesto en sus labios un tanto divertido. Yo no podía decirle que iba a salvarle la vida. Le sonreí perturbada, me senté en el asiento contiguo y coloqué sobre mi falda la maleta. Colgaba de la manija de ella una tarjeta con mi nombre. La tapé con las manos, cruzándolas sobre el cartón rectangular escrito, para que él adivinase mi nombre o me preguntase cómo me llamaba. Fue en vano. El hombre sacó de su valija un libro, y con el impulso se deslizó un cuaderno que en su tapa decía Rayuela, lo hojeó y alcancé a ver el dibujo del juego de rayuela y la palabra maga escrita en letra mayúscula. Lo guardó y abrió el libro donde indicaba un bonito señalador, se concentró en la lectura. Las manos huesudas pasaban las páginas, y yo, aferrada a su vida, conté hasta veintidós. Veintidós páginas eran suficientes para hacer una pausa. ¿O es que los hombres no sueñan? No se puede soñar y a la vez concentrarse en la lectura. Cada actividad es descanso de otras, decía José Ingenieros —me dirá él un tiempo después—. Ese día, yo oficiaría de descanso de lectura al romper el hielo con una pregunta cuasi macabra. ¿A quién se le podría ocurrir hablar de la muerte en un viaje tan vivo? Le pregunté si alguna vez había sido pasajero de un tren que hubiese sufrido un descarrilamiento. Recuerdo su cara de sorpresa y la respuesta: “La muerte se paga, viviendo” como dijo el maestro Ungaretti.
Yo estaba ávida de vida, pero la muerte me cortejaba. Estaba ahí, en París: a kilómetros oscuridad de mi propia luz. Así se siente cuando el alma se quiebra a diario. Cuando la soledad es el único resguardo en donde masticar el desamparo. Nada de eso le dije. En esa oportunidad no hablé de mi muerte. En esa oportunidad yo lo estaba salvando y él no lo sabía. Lo salvé por eso de que a pares se vive y a impares se muere. Sólo por eso.
El viaje se tornó interesante. Hablamos de música, coincidimos en que nada era más sublime que escuchar los preludios de Bach, le relaté con emoción que el preludio número uno me transportaba hacia mundos puros donde el cielo es celeste, allí donde los bichos malos o los cuervos no existen. Me miró sorprendido, me preguntó si había leído a Poe, negué varias veces con mi cabeza para luego recitarle unos versos impresos sobre un cartel en la puerta de entrada de la pensión. Si mal no recuerdo decían:
“Y mi alma, de la sombra que yace flotando
en el suelo no se levantará...
¡Nunca más!”
Después de recitar esos simples versos, creí haber visto una lágrima caer, no pude precisar si una lágrima mía o una de él, no reviste mayor importancia: las lágrimas tienen la característica de ser personales y universales. Es un derecho el llanto, dijo Denis, aunque a veces el corazón decide no llorar y se empobrece de silencio. Los que están lejos del terruño y no lloran son pobres, los que pierden los sueños y no lloran, también.
La lágrima sin dueño cayó en mi mejilla izquierda; y a ésa, otras más le sucedieron. Denis, con la vista nublada, sacó un pañuelo de seda del bolsillo del pantalón para secar mi llanto. Fue un instante mágico: no hay pañuelos que sequen los recuerdos, pero hay pañuelos que alivian.
Creo que esto de ser sensible, torpe y acaso intuitiva, le ocasionó cierto interés.
A punto de llegar a destino me regaló su pañuelo de seda, dejando sus lágrimas de tinta como huellas en la tela.
Me sentí reconfortada, yo sólo era una mujer en el exilio y él, mi querido Denis, un hombre de tierra eterna.
Julio Denis: seudónimo que utilizó Julio Cortázar.
Del libro "El infinito en una lágrima" - Edic. Tahiel 2015

domingo, 2 de abril de 2017

Viaje


Iba caminando por la vereda del otoño, a sabiendas de que hay un paso perenne y otro que muere. Y pensé en esto de viajar hacia lo más profundo de uno mismo, y pasar por los lugares comunes y los sentimientos y las creencias y los sueños y las rutas sin atajos y el hambre de preguntas que jamás se mitiga aún en tiempos de ocasionales respuestas. Entonces uno camina de ida y vuelta por el callejón de los recuerdos, y se cruza con anchas avenidas de instantes llenos, de vida y más vida en los pensamientos. Y como cualquier viaje que llenamos de expectativas, se parece a la existencia: todos tenemos un boleto, un pasaje de ida y estaciones repletas. Y he allí el misterio de los días soleados, los sombríos, los de lluvia y hasta los gélidos. Luego, sueño como sueñan los vivos: caminando sin tiempo.

viernes, 31 de marzo de 2017

El viejecito azulgrana



Si me preguntaran  algo sobre el equipo de fútbol de Boedo, San Lorenzo de Almagro, en la década del sesenta, asociaría los recuerdos de  mi niñez, con la pasión de mi viejo por su club  y la presencia de un antiguo cuadro de no más de veinte centímetros por veinticinco, que mostraba a un anciano de cabellera blanca con una bata rayada de colores rojo y azul, hasta  los tobillos. Estaba colgado sobre la pared donde mi padre tenía un antiguo aparato transmisor ya que su pasatiempo favorito, era ser radioaficionado. Y las pasiones siempre tienen un lugar en la casa.
Y juro que creí que ese cuadro era mágico; por un lado porque la fisonomía del hombrecito era similar a la de Papá Noel ,pero sin el gorro rojo, y por otra parte  porque cuando San Lorenzo goleaba a su adversario, mi papá nos compraba merengues de crema chantilly para festejar. Claro que la magia y los regalos se acababan cuando “ El ciclón” perdía y entonces mi viejo daba vuelta el cuadro, como dándole la espalda hasta el próximo partido. Él decía que era una cábala.  Yo no sabía muy bien de qué cosa se trataba hacer esos sortilegios, pero al domingo siguiente el equipo vencía o empataba. Hasta que volvíamos a perder y entonces era seña de que se había acabado el hechizo. Muchas veces me subí a una silla a escondidas para darle un beso al viejecito del cuadro, no me gustaba que estuviese en penitencia y era mi forma de acompañarlo. Alguna vez percibí que tenía intenciones de hablarme, no entiendo mucho de ensoñaciones, pero creo que fue él quien me enseñó algunas cosas interesantes. Así fue como aprendí a pronunciar Scotta en vez de bizcochos, Albrecht y Telch antes que los nombres de las calles que circundaban mi casa y supe discutirle a quien se me cruzase que el lobo de Caperucita se apellidaba Fischer. También aprendí  que había un jugador de apellido Sanfilippo al que le decían “el Nene”  y que llegó a ser el máximo goleador del equipo que mi papá amaba. Siempre fue mi duda cómo un nene jugaba con los grandes y mi viejo se reía a carcajadas en vez de explicarme.
Con el tiempo me enteré  acerca de las distintas formas en que habían apodado a San Lorenzo: “El Ciclón”  “Los cuervos” “Los Gauchos de Boedo”,  “ Los Santos”, “Azulgranas”,  “Carasucias” y otros. Pero el que más me gustó fue el de “Los cuervos” porque  aunque el apodo era por el cura salesiano Lorenzo Massa, yo imaginaba que los pájaros negros que sobrevolaban mi casa, los domingos,  tenían sus nidos en la cancha y que el aletear en bandada era el saludo al viejito del cuadro.

Aún conservo esa caricatura en forma de retrato, y aunque ya no soy niña, creo que la pasión por san Lorenzo está ahí, intacta. Como esas cosas que no hacen falta explicar porque vibran con solo contarlas.