domingo, 21 de mayo de 2017

Romance con los ganadores


A veces me he sentido salmón en ruta del desove, remontando el río de dificultades, saltando obstáculos a diestra y siniestra, sin olvidar que  hay un paraje final que a todos iguala y del que nadie se salva.  Y esto de aprender a conocer el mundo, las almas y los corazones, es ardua tarea cuyo fondo blanco suele ser turbio.
Solemos vivir romances con aquellas cosas que nos gustan, nos emocionan, nos desvelan: la música, los deportes, un pasatiempo y enésimos etcétera.
A muy corta edad, no tendría más de siete años, fui  testigo de un romance entre la redonda y dos divisiones de clubes de barrio. Justamente del barrio de mi casa, aledaño a la estación de ferrocarril, allí donde todo se mide con el pitido del tren.
Yo era la única niña de la cuadra, y como si eso fuese poco, había dos canchitas de futbol en la misma manzana, razón por la cual no tenía con quien jugar y mis muñecas no tuvieron más remedio que convertirse en porristas de fútbol para amenizar los minutos previos a los partidos.
” Los pibes de la estación “y “Los primos del Rulo” estaban últimos en la tabla.  Ya desde muy niña me gustaba  alentar a los rezagados, será por eso de que la victoria es siempre un espejismo que  poco refleja.
En el barrio existen otras reglas y fue entonces que  el Club de la estación organizó una final  entre los cuatros últimos de la tabla. Y mis dos equipos elegidos, después de disputar partido revancha con “Los panaderos “ y “Los olboys “ quedaron como finalistas. El premio a disputar era un cajón de gaseosas, las de botellas pequeñitas, esas que guardan la magia de las burbujas dulces en su pequeñez.  
Las madres de los jugadores llevarían tortas para engordar el premio y por supuesto, mis siete muñecas porristas, estaban convocadas.
Ese domingo memorable, el de la final, la madre del Rulo apareció con dos tortas gigantes: una era rectangular simulando la cancha de fútbol con los jugadores y la otra era una pelota toda de chocolate. Nos enamoramos a primera vista de la redonda, tan brillante, tan apetecible, tan perfecta, tan tentadora. Hubiese pellizcado el balón para probarlo, pero no lo hice porque las muñecas hubiesen querido también y yo nunca fui egoísta y la torta hubiese perdido encanto. El partido fue muy aburrido y la definición por penales le dio la victoria a “Los pibes de la estación”, que dieron la vuelta a la cancha con la pelota de chocolate ante la vista de todos.
Nosotros tuvimos la  ilusión de que nos convidarían aunque sea un confite, pero se llevaron la pelota al vestuario. “Los primos del Rulo” en cambio, compartieron la cancha gigante recubierta de dulce de leche y grana verde y alcanzó para un pedacito para cada uno. Pero la verdad es que mis muñecas y yo no dejamos de pensar en lo rica que debía de haber estado la pelota de chocolate. Y la imaginé derritiéndose dentro de mi boca y chorreando entre mis labios hasta saciarme ; fue en ese instante cuando vimos brillar la bandeja de la pelota de chocolate, en manos del capitán del equipo ganador, y como si eso fuese poco  venia hacia donde nosotros estábamos ubicados. La decepción sobrevino cuando depositó a nuestros pies la bandeja con restos de chocolate manoseado y confites mordidos. La madre del Rulo vio todo a distancia, hasta que se aproximó y nos dijo que estábamos invitados todos para el próximo domingo y que traería una pelota de chocolate para compartir. Y como si todo eso fuese poco, sacó de adentro del baúl de su auto dos tortas con merengue. Una la cortó para convidar y la otra la colocó en la bandeja de los restos de la pelota de chocolate, previo a limpiarla con un repasador cuadrillé. Y lo llamó al capitán, al Rulo y le dijo que se la llevase al equipo ganador. El Rulo, su hijo, se aproximó al grupo de “Los pibes de la estación” y les dijo que era para festejar. Y yo y mis muñecas y los demás nos quedamos sin palabras, hasta que me animé y le pregunté a la madre del Rulo porqué le había dado la bandeja con una torta tan rica si a nosotros nos habían querido convidar las sobras, y ella con ternura, acarició mi mejilla para decirme al oído: “ cada uno da aquello que tiene en su corazón”. Y fue entonces que mis muñecas y yo nos hicimos hinchas del equipo del Rulo, porque después de todo aunque "Los pibes de la esación" se creyeron ganadores, yo vi al equipo del Rulo  ganar por goleada…




lunes, 15 de mayo de 2017

La magia de los supuestos



Escuché el sonido de vidrios rotos y miré para todos lados buscando un indicio, algo. Una pelota de fútbol detenida al lado de la planta de jazmín, en el patio de mi casa, me hizo suponer que ella había sido la causante. En el potrero de al lado estaban los pibes del barrio jugando al fútbol y con espanto, recordé que si mi abuelo Domenico descubría la rotura de algún vidrio, la pelota sería acuchillada.  Así, literalmente: acuchillada. Siempre comentaba que los chicos jugando le estropeaban los plantines con la pelota o le rompían algo y juro que en una ocasión lo vi darle puntazos al balón con el cuchillo de hacer surcos en la tierra. Lo que mi abuelo no sabía era que los pibes habían juntado hasta el último pesito para poder comprar la pelota, y él,  así sin aviso, la había herido de muerte hasta dejarla sin aire.
Yo no me animé a contarle a nadie que los restos de la  pobre pelota habían sido enterrados junto a los plantines de morrones. Bueno, alguna vez pensé que el morrón rojo que crecía a destiempo, el más grande de todos, era el corazón de la redonda. De alguna manera las pasiones brotan de bajo tierra.
 Me había jurado a mi misma que no permitiría que sucediese una próxima vez. Y ahora, ahí tenía a la pelota en terreno peligroso y a mi abuelo rondando por la huerta. Como si todo eso fuese poco, al ir por el caminito de piedras blancas en busca del balón, vi el vidrio del ventiluz del galpón hecho pedazos en el suelo. Sin dudas la pelota era la culpable, esto de salvarla me exponía al enfado de mi abuelo y la consiguiente penitencia, que para una niña de diez años era no salir a la vereda a jugar a las payanas. Y yo amaba jugar a las payanas, por eso de equilibrar las piedras en la palma extendida de la mano y lanzarlas hacia el cielo para recibirlas.
Pero no me quedaba más remedio que exponerme. Barajé varias ideas, la primera fue devolver la pelota a la canchita de al lado, pero cuando la tomé con las manos para pasarla por arriba de la pared, supe que ese muro era demasiado alto y que jamás lo lograría. La escalera que mi abuelo usaba para podar los arbustos era una buena solución, claro que justo en el momento en que iba por ella, lo vi a él con la tijera de podar en el último peldaño. Y entonces, como esas cosas impensadas, me puse en el esquinero del patio con la pelota al pie, y medí mis pasos, una buena carrera  y de puntín la pasaría para el otro lado. Así lo hice y respiré aliviada cuando vi la pelota por el aire pasar por arriba de la pared. Salté de alegría , pero todo se detuvo al momento de darme cuenta que le impuse tanta fuerza al golpe que había roto la puntera de mi zapatilla izquierda. No sabía que era zurda para patear y eso me sustrajo de la preocupación, sobre todo que dicen que somos menos los que saben pegarle con la izquierda y me sentí feliz. Estaba en ese pensamiento cuando vi a mi abuelo venir hacia mí. Miré el ventiluz roto y traté de distraer la atención subiéndome al viejo monopatín oxidado.  Domenico pasó de largo y nada preguntó. Respiré aliviada. 
En eso veo entrar a mi hermano con cara de descompuesto, y pálido me preguntó si había visto la pelota nueva que le había comprado nuestro padre. Y todo pareció girar en torno a mí, y perdí el equilibrio para caer  justo encima de los morrones. Y reparé que ya no estaba el más rojo de todos, el corazón de la pelota, y supuse que se había mudado a un mejor lugar: al potrero de al lado. 
Con cara de yo no fui, alcancé a responderle a mi hermano, desde la tierra mojada: yo juego con las payanas. Eso hubiera sido todo, pero además esa tarde vi cuando mi abuelo colocó el vidrio nuevo del ventiluz. Y pregunté con cara inocente qué habia pasado y me dijo que la punta de la escalera de podar se había incrustado sobre el vidrio al momento de apoyarla, ocasionando la rotura.
 Y me  empecé a reír sin poder parar, hasta que ya más calmada acomodé las payanas en mis manos y las lancé al aire como si fuesen piezas mágicas, después de todo también la vida y la pelota de fútbol suelen jugar a la magia de los supuestos...







domingo, 14 de mayo de 2017

Frágiles hojas



Tantas danzas
tantas palabras
tantas gracias
tantos laberintos
tantas piedras
Y solo somos
frágiles hojas
en la fortaleza
de un hoy
que ya muere...


lunes, 8 de mayo de 2017

Los goles en la pizarra



Cuando yo era niña pensaba que los domingos existían  para jugar al fútbol y que los días restantes estaban de relleno.  También creía que la vieja  pizarra de madera, pintada de negro, colgada en una pared del galpón de mi casa,  estaba justamente ahí para que  yo escribiese los resultados de los partidos.  Y de ese modo, multiplicando esperanzas, sumaba puntos para San Lorenzo de Almagro, mi equipo favorito de Primera división, aún a costa de restar goles de los adversarios. Todo eso sucedía hasta cruzarme con la mirada leal de mi padre que me acercaba un trapo mojado para que borrase aquello que adrede había contabilizado mal. No se podía hacer “trampa” , era indigno aunque fuese en una pizarra que nadie vería más que nosotros.
Cada sábado preparaba las tablas con la lista de los equipos que jugarían al día siguiente en el costado izquierdo de la pizarra, y en el otro lado armaba el fixture local.
Como cada fin de semana, asistiría con mi familia a ver el clásico. Aquél domingo que recuerdo con nostalgia, se jugaba un partido definitorio entre el Club Ferroviarios  y  Defensores de Ayacucho. Nosotros vivíamos en el barrio de la estación y por supuesto, éramos hinchas  acérrimos de nuestro club ferroviario.
Yo estaba ensimismada en el último regalo que me había hecho mi tía: la maravillosa “pizarra mágica”, la rectangular  enmarcada en plástico brillante de color rojo, la autoborrable que traía un lápiz de plástico imantado. Intuí que no me dejarían llevarla a la cancha, era un juguete nuevo y caro, pero también estaba convencida de que era la única oportunidad que tendría de hacer trascender mis anotaciones frente a otras personas. Fue por esa razón que, a escondidas de mi madre, puse la pizarra dentro de la canasta, al lado del plato de buñuelos de manzana que ella había preparado para esa tarde gloriosa. La tapé con un repasador cuadrillé y escondí el maravilloso lápiz  en el bolsillo izquierdo de mi tapado de gabardina color azul.
Salimos todos juntos hacia la cancha de Ferroviarios; era de tierra con sus marcas de cal blancas y sus arcos de madera pintados de sintético blanco, donados por el carpintero Giménez.  Los palos estaban desnudos aún, porque la red estaba por venir de Buenos Aires y nunca llegaba, se decía que en el camino se había quedado el dinero , pero nosotros preferíamos creer que la red vendría algún día.
Por lo general, mi padre con mis hermanos se colocaban detrás del arco rival para ver con claridad la jugada al momento de vencer al arquero; en cambio a las mujeres nos mandaban a los laterales de  la cancha y si era posible con las puertas del coche abiertas para evitar que la pelota golpease a la nena, que venía ser yo.
Lo que ellos no sabían era que esa tarde había llevado la pizarra mágica y que por obra y gracia de la pasión, había sido nombrada por esas cosas del alter ego, como la anotadora oficial del partido.
Mis manos sudaron de tanto esperar el primer gol, que llegó al minuto cuarenta y que  anoté con fastidio porque fue del equipo rival. Primero elegí el número uno, o sea uno a cero, pero después me arrepentí y coloqué una cruz a modo de juego del Ta te ti.
A los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo hubo una falta en el área chica y fue penal para Ferroviarios. Con alegría anoté el gol con una cruz del doble del tamaño de la anterior.
Ya quedaba poco para el final del partido y me fui acercando hacia donde estaba mi padre con mi pizarrita en mano.  Y alcé la vista hacia el área y justo  vi como se llenó el pie el delantero Juarez  y como la pelota dio en el travesaño para rebotar luego sobre la línea y grité el gol, y lo anoté en la pizarra, pero el juez de línea hizo señas de que no había sido y  por un instante todo fue silencio hasta que un grupo de hinchas invadió la cancha para reclamarle al árbitro y ahí terminó el partido.
 Juro que  la pelota entró, yo la vi, pero a veces el fútbol es como mi pizarra mágica y en un instante, aquello escrito con pasión, desaparece, se borra y todo vuelve a empezar…




domingo, 7 de mayo de 2017

Entre puntos suspensivos


Me gusta nadar entre palabras como si la voz fuese de agua, como si el agua naciera de las lágrimas, como si ellas fuesen de mi otoño, la ausencia , y del presente, el olvido. Y me pregunto para no responderme dónde estará la sombra de lo más oscuro y donde anidan la impunidad y los puntos suspensivos para preguntarles cuántas veces han sido noticia por los siglos de los siglos.
¿Y dónde se hallan los que dicen amarnos y giran su vista hacia el vacio?
Alguna vez me sentí delfín, otras tantas veces fui silencio en tierras pobladas de caparazones como los míos. Y luego fui palabra para ser pájaro de las alturas, esos que hacen nidos en los misterios de papel para estar lejos de los cuervos mal habidos. Y ahora no estoy segura de ser pájaro, ni flor agrietada, ni silencio, ni siquiera una blancura de la inmensidad más sombría. Ahora me siento una gota del último rocío...