lunes, 8 de mayo de 2017

Los goles en la pizarra



Cuando yo era niña pensaba que los domingos existían  para jugar al fútbol y que los días restantes estaban de relleno.  También creía que la vieja  pizarra de madera, pintada de negro, colgada en una pared del galpón de mi casa,  estaba justamente ahí para que  yo escribiese los resultados de los partidos.  Y de ese modo, multiplicando esperanzas, sumaba puntos para San Lorenzo de Almagro, mi equipo favorito de Primera división, aún a costa de restar goles de los adversarios. Todo eso sucedía hasta cruzarme con la mirada leal de mi padre que me acercaba un trapo mojado para que borrase aquello que adrede había contabilizado mal. No se podía hacer “trampa” , era indigno aunque fuese en una pizarra que nadie vería más que nosotros.
Cada sábado preparaba las tablas con la lista de los equipos que jugarían al día siguiente en el costado izquierdo de la pizarra, y en el otro lado armaba el fixture local.
Como cada fin de semana, asistiría con mi familia a ver el clásico. Aquél domingo que recuerdo con nostalgia, se jugaba un partido definitorio entre el Club Ferroviarios  y  Defensores de Ayacucho. Nosotros vivíamos en el barrio de la estación y por supuesto, éramos hinchas  acérrimos de nuestro club ferroviario.
Yo estaba ensimismada en el último regalo que me había hecho mi tía: la maravillosa “pizarra mágica”, la rectangular  enmarcada en plástico brillante de color rojo, la autoborrable que traía un lápiz de plástico imantado. Intuí que no me dejarían llevarla a la cancha, era un juguete nuevo y caro, pero también estaba convencida de que era la única oportunidad que tendría de hacer trascender mis anotaciones frente a otras personas. Fue por esa razón que, a escondidas de mi madre, puse la pizarra dentro de la canasta, al lado del plato de buñuelos de manzana que ella había preparado para esa tarde gloriosa. La tapé con un repasador cuadrillé y escondí el maravilloso lápiz  en el bolsillo izquierdo de mi tapado de gabardina color azul.
Salimos todos juntos hacia la cancha de Ferroviarios; era de tierra con sus marcas de cal blancas y sus arcos de madera pintados de sintético blanco, donados por el carpintero Giménez.  Los palos estaban desnudos aún, porque la red estaba por venir de Buenos Aires y nunca llegaba, se decía que en el camino se había quedado el dinero , pero nosotros preferíamos creer que la red vendría algún día.
Por lo general, mi padre con mis hermanos se colocaban detrás del arco rival para ver con claridad la jugada al momento de vencer al arquero; en cambio a las mujeres nos mandaban a los laterales de  la cancha y si era posible con las puertas del coche abiertas para evitar que la pelota golpease a la nena, que venía ser yo.
Lo que ellos no sabían era que esa tarde había llevado la pizarra mágica y que por obra y gracia de la pasión, había sido nombrada por esas cosas del alter ego, como la anotadora oficial del partido.
Mis manos sudaron de tanto esperar el primer gol, que llegó al minuto cuarenta y que  anoté con fastidio porque fue del equipo rival. Primero elegí el número uno, o sea uno a cero, pero después me arrepentí y coloqué una cruz a modo de juego del Ta te ti.
A los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo hubo una falta en el área chica y fue penal para Ferroviarios. Con alegría anoté el gol con una cruz del doble del tamaño de la anterior.
Ya quedaba poco para el final del partido y me fui acercando hacia donde estaba mi padre con mi pizarrita en mano.  Y alcé la vista hacia el área y justo  vi como se llenó el pie el delantero Juarez  y como la pelota dio en el travesaño para rebotar luego sobre la línea y grité el gol, y lo anoté en la pizarra, pero el juez de línea hizo señas de que no había sido y  por un instante todo fue silencio hasta que un grupo de hinchas invadió la cancha para reclamarle al árbitro y ahí terminó el partido.
 Juro que  la pelota entró, yo la vi, pero a veces el fútbol es como mi pizarra mágica y en un instante, aquello escrito con pasión, desaparece, se borra y todo vuelve a empezar…




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