lunes, 28 de agosto de 2017

Cuestión de actitud



“Todo es una cuestión de actitud”, dijo el padre de Julián, y  los pibes lo miraron con disgusto.   Bernardo, mi mejor amigo, se puso colorado como un tomate, así decía mi abuela cuando los cachetes de la cara enrojecían como síntoma de pudor o vergüenza, y le vi asomar la primera lágrima.  Y quise sacarlo del mal momento, distraerlo un poco, entonces abrí mi carterita  para sacar mis cuatro muñecas porristas y clavarlas como estacas al costado del arco, mientras le decía: “dale ponéte la camiseta nueva”. Pero Bernardo,  con la voz  entrecortada por la angustia, me respondió:
         —Yo no me la voy a poner.
Julio Fernández , el utilero del Club,  que andaba por ahí dando vueltas, vio que  mi amigo lloraba y se acercó para abrazarlo  con ternura y le dijo algo al oído, algo que yo no pude escuchar; seguramente era cosa de varones.
Entretanto, el “Colo”, Juanchi y Pérez,  tuvieron la idea de ir hacia donde estaban los organizadores del Campeonato barrial, para pedir autorización y poder  jugar sin camiseta identificadora, pero volvieron protestando y sin el permiso. Y ahí fue cuando se armó el lío.  Fernandito, el nieto de Lesá, miró la camiseta y aunque la dio vuelta del lado del revés, finalmente claudicó y la colocó sobre el banco de madera ,a la vez que en voz alta decía: “ nonono  yo no la voy a usar…”
Lorenzo, el padre de Julián que hacía de  técnico del equipo ,se preocupó mucho al ver que,  poco a poco,  los pibes se sentaban al costado de la cancha en franca actitud de: “yo no juego.”
Todo había empezado el domingo anterior. Resulta que la “Gomería el chueco”, como sponsor del equipo “ Los gurrumines”, le regaló camisetas nuevas a los pibes.  Todo fue una gran alegría cuando se apareció Fermín, el dueño de la gomería, con el regalo bajo el brazo. Eran de color violeta con rayas blancas y los números en color negro.  Ese día fue un partido a puro barro porque no cesó de llover y las pobres camisetas quedaron irreconocibles. Y ahí fue cuando apareció Marcela , la madre del Colo, para decir:
         —Me compré lavarropas nuevo, yo las llevo para lavar.
Cristina, la madre de Bernardo, era la que siempre las  lavaba  y lo hacía a mano. Las dejaba impecables y era la encargada de llevarlas limpias y planchadas cada domingo;  y justo ahora que eran nuevas aparecía Marcela para quitarle el puesto de lavadora oficial. Fue tal la discusión que se armó que decidieron  tirar una moneda al aire , a cara o cruz, y ganó Marcela. El caso es que con cara de ganadora,  puso las camisetas en una bolsa grande, al tiempo que decía que no se preocupasen por nada,  que quedarían hermosas porque el lavarropas nuevo tenía un programa de lavado profundo.
Cristina  se retiró cabizbaja, pero a su vez, expectante. Si todo iba bien, podría ahorrar para comprar un lavarropas nuevo, y así se podría turnar  en la tarea de lavar las camisetas cada semana. Pero nada en la vida es seguro, ni siquiera el programado del artefacto electrodoméstico, y no se supo bien si Marcela no leyó  el manual de uso o no supo cómo regular la temperatura del agua , pero  las rayas y el violeta de las camisetas se fundieron hasta lograr un color rosa viejo. Y claro, se notaba que decía “Gomería el chueco” pero también era evidente que habían desteñido, y por esas cosas de esos tiempos y de pueblo chico, de rosa solo se vestían las nenas como yo. Y aunque el padre de Julián hablaba de actitud no lograba convencer al equipo para que las usasen. También la vi llorar a Marcela atrás de los baños de la cancha, y a Cristina decir que,  nada mejor que lavar a mano la ropa de los chicos.
Pero el fútbol tiene una magia que  no es fácil de explicar y llegó Rolo, el padre de Sebas, electricista, y le dijo algo al oído al árbitro y el partido  demoró su inicio unos quince minutos.
Las ideas son ideas, dijo a quien quiso escucharlo esa tarde, y si bien las camisetas parecían pieles de cebras, poco quedó del rosa viejo y se multiplicaron las rayas negras. Se comentaba que había gastado como diez rollos de cinta aisladora en la transformación de las camisetas y hasta alguno deslizó la idea de  hacer una colecta para reponer las cintas, pero Rolo no quiso.  Y todos hablaron de la actitud desinteresada del padre de Sebas y de cómo resolvió el inconveniente en diez minutos.
Por suerte, el dueño de la Gomería prometió comprarles  nuevas y todos en paz, menos yo que al ver el despliegue que hubo por una simple desteñida, me quejé, y le dije al padre de Julián que mis muñecas porristas necesitarían ropa nueva y un juego de peluquería para peinarlas para el próximo partido ,porque también se habían embarrado el domingo anterior.
Él, sonriente y acariciando mis trenzas, me respondió:

         —Marianita por ahora no hay fondos para comprar esas cosas que pedís, pero ya te va a tocar…


Y nunca me tocó, pero la verdad es que  a esta altura no me importa demasiado, porque ya hace décadas que mis muñecas porristas no asisten a los partidos…

martes, 15 de agosto de 2017

Versos invernales


Es invierno aún
y se queja
la muerte
de los días
y aguardan
los jardines
de colores
como propina
de los sueños
no cumplidos.
Es invierno aún
y me deleito
en el limbo
y su cadencia
con la poesía
como brindis
sensitivo.
Es invierno aún
y el horizonte
incomprendido
trueca almas
por apariencias
ensombrecidas
para morir
irremediable
a la vera
del sinsentido…